Libre comercio: El malo no es Trump

 

Donald Trump se ha plantado en Japón con el propósito de hacer entender a los demás miembros del G-20 un principio económico muy elemental, a saber: que la balanza comercial de un país que pretenda ser solvente a largo plazo, verbigracia los Estados Unidos, debe tender a estar equilibrada. Y a ese respecto, ocurre que aproximadamente la mitad del enorme déficit comercial que sufre Norteamérica en este momento tiene su origen en solo seis países: Alemania, Japón, China, México, Canadá y Corea del Sur. De ahí lo ya recurrente de sus andanadas contra la Unión Europea, que es el nombre oficial de Alemania fuera del continente europeo. Por lo demás, algún ingenuo todavía puede pensar que el simétrico superávit comercial de Alemania en sus intercambios con Estados Unidos es consecuencia del libre juego de las fuerzas ciegas de la oferta y la demanda. Pero no hay tal juego libre.

Y es que no se trata de que los empresarios alemanes resulten ser más eficientes que sus competidores del otro lado del Atlántico. Bien al contrario, el asunto que tanto irrita a Trump no es la competitividad diferencial de sus socios sino los disimulados trucos proteccionistas que cuela el Banco Central Europeo por debajo de mesa para beneficiar a sus exportadores en detrimento de la industria norteamericana. Porque siempre ha habido algo así como una agenda oculta en las actuaciones de mercado abierto protagonizadas por los grandes bancos centrales, como el BCE o el Banco Nacional de China, que contempla objetivos distintos de los que esas entidades reconocen de modo oficial. El mandato expreso del BCE, por ejemplo, remite de modo muy acotado al control de los niveles de inflación dentro de la Eurozona. Sin embargo, su Consejo de Administración lleva años aprobando medidas monetarias que de forma encubierta subvencionan a las empresas europeas que tienen presencia en el mercado doméstico norteamericano.

Con sus políticas sostenidas en el tiempo de tipos de interés reales negativos y compras masivas de títulos de deuda pública y privada de sus Estados miembros, lo que en realidad está haciendo el BCE es depreciar su propia moneda, el euro, de modo activo, consciente y deliberado. La lógica del proceso es simple: al reducir a literalmente nada la rentabilidad de los bonos y los depósitos bancarios europeos, esas compras masivas empujan a emigrar rumbo a otra parte a los grandes fondos de inversión globales que tenían sus capitales invertidos en euros dentro de la Unión Europea. Una migración en dirección al otro lado del Atlántico de dinero procedente de todo el planeta cuya consecuencia inmediata es la depreciación del euro frente al dólar. Y cuyo corolario comercial es el tan súbito como artificial abaratamiento de los productos manufacturados europeos frente a los norteamericanos. Pues, hablemos de la divisa yanqui o de sacos de papas, cuando la demanda de una mercancía se dispara, su precio sube. Algo que en buen castellano se llama competencia desleal. Lo malo de Trump es que tiene razón.

 

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