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Los vicios del capitalismo mercantilista

Hoy miramos el lado filosófico de la corrupción. Se habla permanentemente de casos de corrupción que van de la A hasta la Z  sobre el uso corrupto de los fondos públicos, de las coimas a políticos y funcionarios, etc. La lista parece ser interminable.

Para muchos y en especial para los que saben poco de estas cosas, el motivo de esta corrupción tiene un único culpable: El capitalismo, ese concepto que muchos abusan para referirse a la supuesta herramienta vil y ruin que ciertos elementos del empresariado aplican para engañar y arrebatar lo que legítimamente les pertenece a todos los cuidadanos. Pero, al afirmar eso, se olvidan que la corrupción es más antigua que el capitalismo mismo porque sus raíces se encuentran en la naturaleza humana.

Sin embargo, ya en 1776, Adam Smith, el llamado “Padre del Capitalismo”, advertía sobre este problema porque era consciente de la condición humana que impulsa a ciertos grandes empresarios a conspirar para beneficiarse a costa del resto. Ese comportamiento es la esencia del sistema mercantilista corrupto y contrario al libre mercado. Smith lo explica en su obra maestra La Riqueza de las Naciones: 

Los intereses de los que comercian en ciertos negocios particulares o manufacturas no sólo son diferentes, sino enteramente opuestos al interés común. Ampliar la venta de sus productos y restringir la competencia es siempre interés de los comerciantes, en tanto ampliar el mercado es muy conforme al interés público; pero el limitar la competencia no puede menos que ser siempre contrario al beneficio común y sólo es capaz de producir el efecto de habilitar al comerciante para que, aumentando sus ganancias a más de lo que deberían ser, impongan, en beneficio particular suyo una especie de contribución o carga sobre el resto de sus conciudadanos.

En este sentido y aludiendo a lo mencionado por Smith, los intereses de este tipo de empresarios corruptos —aquellos que incurren en conductas mercantilistas— mediante prácticas de colusión y atentatorias contra el libre mercado, favorecen el aumento artificial de los precios y vienen de un orden de hombres que —en palabras del propio autor— tienen el interés de engañar y oprimir al público. Como advierte Smith, está en la naturaleza humana y debemos lidiar con ella.

Incluso los mismísimos Chicago Boys, impulsores del modelo económico chileno, indican en su libro El Ladrillo a propósito de los problemas de la economía chilena y la acción indebida de los grupos poderosos: “La apertura al comercio exterior, el aumento de la competencia y una decidida política antimonopolios son fundamentales para evitar o eliminar estas tendencias en el campo empresarial”. Dicha ley antimonopolios —con modificaciones de por medio, pero conservando su espíritu original— es la que precisamente están aplicando las autoridades en Chile para que estos actores mercantilistas no sigan incurriendo en sus prácticas anticompetitivas y que prime la libre competencia sobre las prácticas ilegitimas.

A pesar de lo anterior, y de lo que muchos desearíamos, la corrupción revela prácticas que precisamente cometen capitalistas mercantilistas contra el capitalismo de libre mercado. La brecha es muy angosta, puede que un día nos encontremos con quienes dicen ser partidarios del libre mercado y de un día para otro, alcanzando una posición dominante, se conviertan en mercantilistas.

La transparencia y una regulación seria y efectiva con miras a la libre competencia son, hoy en día, más necesarias que nunca para que no se sigan repitiendo este tipo de conductas, pues en palabras de profesor de la Universidad de Chicago, el economista Luigi Zingales:

El capitalismo no sólo requiere de la libertad de emprendimiento, sino también de normas y políticas que propicien la libertad de entrada al mercado, que faciliten el acceso de los nuevos actores a los recursos financieros y que mantengan un campo de juego nivelado para todos los competidores.

Amén.

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