Mohamed Morsi, el candidato del Partido Libertad y Justicia, perteneciente a los Hermanos Musulmanes, fue anunciado el domingo como el ganador de las primeras elecciones presidenciales libres en Egipto. Morsi derrotó al anterior primer ministro Ahmed Shafik en una ajustada contienda por un 51.7% de los votos frente a un 48.3%.
Morsi se enfrenta ahora a la difícil tarea de tratar de conducir a una nación preocupada que afronta una profunda crisis económica y amargas disputas políticas sobre la futura estructura del gobierno egipcio, el papel del islam en la política y la mejor forma de consolidar el precario experimento democrático de Egipto. Poco después de cerrarse las urnas, el gobierno militar interino de Egipto vació a la presidencia de gran parte de su autoridad. Morsi ocupará ahora un cargo con debilitados poderes institucionales y con pocos aliados políticos después de que el parlamento recientemente elegido fuera disuelto por una sentencia de la Corte Constitucional Suprema de Egipto.
Estados Unidos se halla ahora mismo ante un grave dilema en Egipto: Se enfrentará a los desafíos por parte de un presidente islamista hostil al mismo tiempo que unos resentidos líderes militares operan entre bambalinas para sabotear la difícil transición hacia una democracia estable. Ni los Hermanos Musulmanes ni los generales egipcios resultaron favorablemente impresionados con el rápido abandono al anterior presidente Hosni Mubarak por parte de la administración Obama ni por sus titubeantes iniciativas para respaldar la transición hacia la democracia en Egipto en los 16 meses desde la destitución de Mubarak.
Puede que los líderes militares de Egipto hayan concluido que había poco que perder al secuestrar la revolución y cambiar las reglas políticas en mitad de unas elecciones debido a la débil reacción de la administración Obama a la ofensiva de principios de este año contra las organizaciones no gubernamentales (ONG) prodemocracia financiadas por Estados Unidos. En lugar de congelar los $1,300 millones anuales en ayuda militar, la administración Obama decidió no aplicar las restricciones del Congreso diseñadas para penalizar el comportamiento antidemocrático y desperdició cualquier influencia que tuviera con los nuevos dirigentes en El Cairo.
Ahora se ha comprobado que los Hermanos Musulmanes y el régimen militar interino, ambos hostiles a los ideales de la libertad política y económica que inicialmente suscitó la rebelión, han sido mejores estrategas que los débiles movimientos progresistas y laicos que la administración Obama predijo que acabarían ganand0.
La administración Obama podría haber fortalecido a los progresistas y reformistas egipcios al defender el punto de vista de la libertad económica y dejar en claro que los intentos por restringir la libertad darían como resultado una reducción o un completo freno a la ayuda de Estados Unidos. Pero su abúlica reacción frente a la persecución de las ONG financiadas por Estados Unidos indicó a los egipcios que la administración estaba deseosa de sacrificar en silencio los valores americanos así como los intereses nacionales.
La versión en inglés de este artículo está en Heritage.org.





