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Cambiando la realidad con palabras

A menudo reinventar el vocabulario puede ser más efectivo que cualquier movimiento de protesta social. Pantanos de malaria pueden convertirse en salubres “humedales”. Fétidos “vertederos” a menudo cambian de imagen al llamarlos “rellenos sanitarios”.

El calentamiento global fue alguna vez una preocupación relativa al calor excesivo. La expresión implicaba que las emisiones de carbono producidas por la actividad humana habían calentado de tal forma el planeta que la vida tal como la conocíamos pronto estaría en peligro si no efectuábamos cambios radicales en el estilo de vida de los consumidores.

Sin embargo, en los últimos 30 años, los episodios de frío histórico, los niveles excesivos de nieve y las lluvias devastadoras han sido lo normal. ¿Cómo cuadrar ese círculo?

Pues sustituya “calentamiento global” por “cambio climático” ¡y solucionado el asunto!. Cualquier cambio radical en el clima podría percibirse como un síntoma de demasiado dióxido de carbono en la atmósfera que contribuye al cambio climático.

De repente, las tormentas de nieve, las fuertes lluvias y las temperaturas bajo cero significan que el clima típicamente impredecible se ha convertido en “caótico” debido al rico estilo de vida de los occidentales.

La discriminación positiva se originó como un medio para compensar los prejuicios del pasado contra la comunidad afroamericana, que constituía alrededor del 12% de la población.

A fines de la década de los 60, la esclavitud, Jim Crow y la segregación institucionalizada finalmente pasaron a verse como singulares manchas en el pasado de Estados Unidos, que había que redimir en el presente mediante programas de cuotas basadas en consideraciones raciales.para la admisión a la universidad y la contratación laboral.

El problema con la discriminación positiva es que el nombre mismo implica una compensación por errores históricos que una minoría en particular de la población podría reclamar. Pero muchos otros grupos deseaban ser incluidos en esa creciente lista de oprimidos.

Pronto se agregó a la lista a los mexicano-americanos sobre la base de pasados sesgos. Sin embargo, ¿no se discriminó también a los asiático-americanos en el pasado, especialmente durante la construcción de los ferrocarriles en el siglo XIX y durante el internamiento de japoneses americanos en la Segunda Guerra Mundial?

Entonces, una gran cantidad de otros grupos no blancos, especialmente los inmigrantes recién llegados sin experiencia previa del supuesto racismo americano, buscaron su inclusión en el contingente de las cuotas. En la década de los 80, “diversidad”, un término nuevo y más difuso, había reemplazado cada vez más a “discriminación positiva”.

Diversidad significaba que ya no hacía falta que los solicitantes de empleo o de plaza universitaria adujeran injusticias históricas o que aún eran víctimas de discriminación continuada y demostrable a manos de la población de mayoría blanca. Diversidad también significaba que los miembros de cualquier grupo que se declarasen no blancos (desde árabes americanos a chilenos americanos) eran elegibles para obtener ventajas en la contratación laboral y las admisiones universitarias.

A diferencia de la discriminación positiva, la diversidad significaba que aproximadamente el 30% del país, en teoría, más de 100 millones de americanos, estaban sufriendo como minorías agraviadas, independientemente de sus ingresos o clase.

Si simplemente se unen en un estatus compartido de víctimas no blancas, el nuevo grupo pan-minoritario resultante podría ser un catalizador mucho más formidable al servicio de agendas políticas específicas.

“Extranjero ilegal” —término que todavía utilizan los organismos oficiales del gobierno— describe a cualquier ciudadano extranjero que reside en Estados Unidos sin permiso del Estado. Pero el término se transformó gradualmente con el aumento tanto del número de personas que encajaban en esta antigua clasificación como del número de personas en todo el espectro político que se decantó por una política migratoria más laxa.

Si “extranjero”, palabra latina (estraneus) que deriva de la idea de “extraño” o “de fuera”, suena demasiado parecida al espacio exterior, ¿por qué no sustituirla por “inmigrante”? Sin embargo, “inmigrante ilegal” seguía sonando como si violar las leyes federales de inmigración fuera un asunto legal serio. Por tanto, el difuso “inmigrante indocumentado” reemplazó al antiguo término.

A medida que aumentaron los números de quienes cruzaban la frontera sur así como el poder de los que apostaban por mayor inmigración (empleadores, activistas de política identitaria, operadores del Partido Demócrata, el gobierno mexicano) alcanzó su punto máximo, surgieron aún más eufemismos para minimizar la ilegalidad.

A menudo, se dejaba de decir “indocumentado” y quedaba solamente “inmigrante”, mezclando así a los solicitantes que han esperado durante años la entrada legal con aquellos concentrándose ilegalmente en la frontera.

Ahora se oye cada vez más solamente “migrantes”, otro término difuso que, al combinar salidas y entradas al país, separa aún más de la realidad a la inmigración ilegal.

Los demócratas solían identificarse como “liberales“. El término viene del latín “liberalis”, de libertad,  como en el contexto de los pensadores “libres” no agobiados por tradiciones opresivas, camisas de fuerza ideológicas y reglas inviables.

Pero el problema con los “liberales” es que incluso los conservadores ocasionalmente usan el término, como por ejemplo “liberales clásicos” que juzgaban las asuntos según los hechos y la razón en lugar de rígida ortodoxia.

Más aún, “liberal” expresaba baja noción de evolución y avance. Poco a poco, “progresista” ha eclipsado al muy conservador “liberal”.

“Progresista” infiere una ideología activista, no neutra, una que siempre está moviendo al país en la dirección supuestamente correcta.

Después de todo, ¿quién favorece la “regresión” en cualquier campo sobre la “progresión”?, ya que es un sustantivo inherentemente positivo que implica un avance beneficioso.

Alguna vez se consideró “demócrata liberal” como libre pensador. Pero ahora “progresista” indica más orientado a la acción y con una agenda evolutiva, no sólo con una metodología.

Cuidado con los eufemismos. Los cambios radicales en el vocabulario suelen ser admisiones de que la realidad no es bienvenida o que es indefendible.

 

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