El hombre que no quiso ser rey

Todos conocemos historias sobre George Washington. Cortó un cerezo, pero no mintió al respecto. Tenía dientes de madera y escribió a mano normas de urbanidad. Pero cerezos y dientes de madera no reflejan al Washington de verdad. Su legado más grande fue saber resistirse al atractivo del poder político.

La Guerra de Independencia presentaba varias oportunidades para que Washington usurpase poder político. En 1776 y 1777, Washington recibió una autoridad prácticamente ilimitada para librar la guerra contra los británicos, pero cuando estas crisis terminaron, Washington devolvió rápidamente esos extensos poderes. Después de la guerra, muchos sugirieron que Washington reclamase para sí el poder político de manera formal – quizá incluso convertirse en el primer rey de Estados Unidos. Washington rechazó la idea de convertirse en rey como algo inadecuado y deshonroso. Él había librado la guerra por la república americana y no para su encumbramiento personal.

El comportamiento de generales con éxito después de una guerra tiene enorme influencia en el futuro de un país. La historia contiene más historias de generales exitosos convertidos en reyes o dictadores que de generales exitosos que pasan al retiro voluntario. Sin embargo, Washington se negó a comprometer la supervivencia de la joven república.

En sus órdenes de despedida a sus soldados el 2 de noviembre de 1783, Washington defendió la nueva república y exhortó a sus hombres para que cultivasen las virtudes civiles necesarias para su preservación. La república es imprescindible para la felicidad de los ciudadanos, explicaba Washington, y la felicidad futura de los soldados depende de cómo regresen a sus comunidades. La vida del ciudadano civil no es innoble. La sociedad civil requiere un sistema de virtudes distinto al que se necesita en la guerra: las virtudes de  “la economía, la prudencia y la diligencia” son tan necesarias en la sociedad civil como “el valor, la perseverencia y la iniciativa” lo son en el campo de batalla. Los audaces entre ellos buscarían fortuna en el Oeste. Pero sin importar dónde se establecieran sus hombres, tendrían que “demostrar que eran por lo menos tan virtuosos y útiles como ciudadanos que como lo habían sido de soldados perseverantes y victoriosos”.

Al despedir a sus hombres y exhortarlos a adoptar las virtudes civiles apropiadas para una república, Washington renunció voluntariamente a su cargo militar algunas semanas después, el 23 de diciembre de 1783, diciendo: “Feliz de confirmar nuestra independencia y soberanía y complacido con la oportunidad deparada a Estados Unidos para convertirse en una nación respetable, renunció con satisfación al cargo que acepté con reservas”.

Washington continúa, “habiendo acabado ahora el trabajo que se me asignó, me retiro del gran teatro de la acción; y diciendo afectuosamente adiós a este augusto cuerpo bajo cuyas órdenes he actuado por tanto tiempo, devuelvo aquí mi cargo y me retiro de todos los cargos del ámbito público”.

Nuevamente renunciaría Washington por voluntad propia al poder, esta vez después de servir dos mandatos como presidente, llevando al rey Jorge III a proclamar a Washington como “el personaje más grande de la era”. Como lo hizo al exhortar a sus tropas, también Washington añadiría “sus mejores esfuerzos a aquellos de sus dignos conciudadanos dirigidos hacia el cumplimiento de estos grandes y valiosos propósitos de los cuales depende tan materialmente nuestra existencia misma como nación”. Ya que “a menos que se respalden apropiadamente los principios del gobierno federal y aumenten los poderes de la Unión, el honor, la dignidad y la justicia de la nación se perderían para siempre”.

George Washington es el hombre que rechazó ser rey, más de una vez.

© Heritage.org (Versión en inglés) | © Libertad.org (Versión en español)