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Estados Unidos: El regalo providencial

Con la Declaración de Independencia, el verano de 1776 había comenzado con convencidas afirmaciones de nobles ideales, pero ya para el invierno la causa de la libertad parecía estar de capa caída. Habiendo sufrido una derrota tras otra, muchos ya habían abandonado toda esperanza. Parecía que la libertad sucumbiría otra vez, como lo había hecho a través de la historia, ante las fuerzas del autoritarismo y la tiranía.

Y entonces, en el día de Navidad en 1776,  una pequeña banda de fuerzas coloniales bajo el mando del general George Washington, habiéndose replegado desde Nueva York, cruzó otra vez el río Delaware y llevó la batalla a Trenton, Nueva Jersey. Washington no sólo ganó la batalla sino que recuperó la iniciativa y le dio vuelta a la guerra en favor de los patriotas americanos. Una semana después, Washington derrotó a los británicos en Princeton y forzó al enemigo a batirse en retirada, evitando su avance contra Filadelfia, sede del Congreso Continental. Cuando se anunció al mundo el 4 de julio de 1776, Estados Unidos de América era poco más que una alianza de 13 pequeñas colonias en un continente yermo, a miles de kilómetros de su patria ancestral, rodeada de potencias hostiles.

Ahora, más de dos siglos después de haber ganado su independencia del Imperio británico, Estados Unidos es la nación más libre, más rica y más poderosa sobre el planeta. Por el camino, logró establecer una nacionalidad soberana, se estableció en un continente y más allá, y trajo prosperidad sin precedente a sus ciudadanos. Sobrevivió una guerra civil devastadora que amenazó acabar con su vida misma, abolió la esclavitud y elevó a los emancipados al mismo nivel de ciudadanía como el de los que alguna vez habían sido sus amos. Triunfó en dos guerras mundiales libradas en territorio extranjero y en una lucha de décadas contra el comunismo mundial que, hace 20 años, llevó a la caída del Muro de Berlín y al colapso de la Unión Soviética.

¿Qué explica este éxito monumental? La fundación de Estados Unidos fue realmente revolucionaria. Pero no en el sentido de sustituir un sistema de reglas por otro o de desmantelar las instituciones de la sociedad. John Adams se preguntaba:

¿Qué queremos decir con Revolución Americana? La revolución estaba en la mente y el corazón del pueblo.… Este cambio radical de principios, opiniones, sentimientos y afectos del pueblo fue la verdadera revolución americana.

Nuestra revolución fue acerca de las ideas sobre las cuales una nueva nación debía ser establecida. Verdades permanentes “aplicables a todos los hombres y todos los tiempos” como Abraham Lincoln dijo más adelante, proclamaron que los principios más que la voluntad serían el supremo cimiento del gobierno.

Lo que es verdad revolucionario sobre Estados Unidos es que, por primera vez en la historia, estas ideas universales se convirtieron en la base de un sistema de gobierno y de su cultura política. Debido a estos principios, no a pesar de ellos, la Revolución Americana no culminó en tiranía sino en un gobierno constitucional que ha perdurado desde entonces. Hasta hoy, más de dos siglos después de que Washington y sus hombres cruzasen el Delaware, estos principios – proclamados en la Declaración de Independencia y promulgados en la Constitución de Estados Unidos – nos siguen definiendo como nación y nos inspiran como pueblo. Estos principios están detrás de la prosperidad y la justicia de una nación tan distinta a las demás. Son los logros más altos de nuestra tradición, un faro para los que luchan por la libertad, pero también una advertencia para los tiranos y déspotas del mundo. Es debido a estos principios, no a pesar de ellos, que Estados Unidos de América alcanzó la grandeza.

Como Thomas Jefferson dejaría constancia más adelante, la Declaración de Independencia “no tenía como objetivo la originalidad de los principios o de los sentimientos, ni fue copia de un escrito en particular o previo, [sino que] buscaba ser una expresión de la mentalidad americana”. Como americanos, nuestro objetivo debe ser una expresión clara y una defensa directa de los principios de la nación en la arena pública, de modo que se conviertan, una vez más, en expresión de la mentalidad americana. A pesar del desprecio constante de élites académicas, líderes políticos y populares medios de comunicación, la mayoría de los americanos todavía cree en la singularidad de este país y respeta las nobles ideas de los Fundadores. Puede que fallen en una prueba de datos – por ejemplo, conteste rápidamente: ¿Cuándo cruzó Washington el Delaware? – pero, de forma abrumadora, los americanos quieren saber sobre esta nación y su significado.

Debemos dar voz a todos los que no se han dado por vencidos ante el reto que representa el experimento de su país en el autogobierno, a todos los que no han acabado pensando que la libertad y el gobierno constitucional limitado son causas perdidas, a todos los que no han aceptado como algo inevitable el declive de Estados Unidos.

La meta debe ser restaurar los principios liberadores de la fundación americana como la definitoria filosofía pública de nuestra nación. Así ha sido durante la mayor parte de la historia americana y así puede ser otra vez.

La alegría de esta maravillosa estación tiene que ver con nuevos comienzos y la eterna promesa de la redención. Los americanos tenemos la inconmensurable ventaja, el regalo providencial, de haber heredado un gran país.

Nunca debemos olvidar su aplomo, su optimismo y su promesa; su infinita capacidad de renovación está comprendida en nuestra dedicación a los perennes principios de la libertad con los que todos los humanos están dotados por su Creador.

 

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