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Los siguientes 100 días de Trump

Nadie sabe muy bien por qué, pero en política se ha marcado la frontera de los cien primeros días de un gobierno como una marca significativa. En ningún otro campo se esperaría que los tres primeros meses sirvieran para enjuiciar el resto de una vida profesional, pero de los gobiernos se espera otra cosa. Inicialmente, los primeros cien días era un periodo de gracia para que un nuevo gobierno se ajustara en sus funciones antes de empezar a ser castigado por la oposición. Ahora es más habitual ver en esos primeros meses la energía con las que los nuevos dirigentes aplican –o no– sus programas.

Al presidente Trump imagino que se le va a juzgar –y condenar– por lo que ha hecho o dejado de hacer desde que se instaló en la Casa Blanca el pasado 20 de enero. Y, sin embargo, sus primeros cien días no serán tan importantes como los cien días siguientes. Por muchas y buenas razones, como poder contar con un equipo completo, reducir las fricciones de la gestión o elaborar las políticas sectoriales con el pragmatismo que otorga estar en la cúspide de la administración.

Segunda advertencia: Los no americanos tienden a valorar la acción presidencial en terrenos distintos a como lo hacen los ciudadanos americanos. Como los extranjeros solemos creer que lo que nos afecta de Estados Unidos es su política exterior, nos atrevemos a aprobar o suspender a todo inquilino de la Casa Blanca por su relación con nosotros. De ahí que nos aferremos a la letanía de que los índices de popularidad de Donald Trump sean más bajos que los de su antecesor y que no comprendamos ni que la economía americana mejore y que los votantes de Trump sigan entusiasmados con su recién electo presidente.

Para las elites europeas, tan creídas de su cosmopolitismo y sofisticación, Trump nunca fue su candidato, tan tosco, inculto y sin experiencia de gobierno. Y las críticas que se le suelen hacer, estiran esos primeros prejuicios: contradictorio, confuso, impulsivo, poco diplomático… Eso cuando no se le tilda de nativista, aislacionista o, simple y llanamente, de “amenaza existencial” para Europa, según las palabras de su tocayo, Donald Tusk, el presidente del Consejo Europeo. Pero la mayoría de americanos van a juzgar la acción presidencial con otros valores y parámetros. Empezando por la coherencia entre lo prometido y lo realizado hasta la fecha. Ya, algo a lo que no estamos acostumbrados por estos lares europeos, resignados como estamos a que los candidatos nos mientan con alegría y total impunidad.

De hecho, me atrevería a defender que estos tres primeros meses de mandato presidencial no han sido tan malos como la prensa tradicional cuenta. Antes de ser elegido, Trump dio un discurso en Gettysburg donde avanzó lo que sería su agenda política para los primeros cien días. Simplificando, lo que el candidato prometió fue un paquete de medidas económicas, administrativas, judiciales y de seguridad nacional.

En economía, por ejemplo, afirmaba que eliminaría las restricciones federales sobre la producción de energía; que revisaría los acuerdos comerciales con terceros; que presionaría a las grandes corporaciones a devolver beneficios y puestos de trabajo a suelo americano; aseguró que bajaría los impuestos a las empresas y a los trabajadores; que denunciaría a China por sus manipulaciones monetarias; y que se retiraría del Acuerdo Transpacífico.

En el terreno de la reforma constitucional, avanzó que nombraría a jueces para la Corte Suprema que defendieran y no revisaran la Constitución; que impondría límites temporales para los cargos electos; que reduciría la carga reguladora, obligando a retirar dos normas por cada una nueva que se introdujera; que congelaría la contratación de nuevos funcionarios; y que revisaría la estructura y el tamaño del gobierno. Sobre seguridad, habló de perseguir y deportar a los inmigrantes ilegales involucrados en actos criminales; dijo querer imponer una moratoria de inmigrantes procedentes de países en conflicto; mantuvo su idea de construir un muro en la frontera con México; prometió llamar al enemigo por su nombre, el terrorismo islámico; y potenciar las fuerzas armadas.

Pues bien, a pesar de todas las dificultades con las que se ha encontrado, no cabe sino reconocer que la acción presidencial de Trump ha sido incesante, consistente y coherente con sus promesas. Por ejemplo, ha recurrido al Acta de Revisión del Congreso para acabar con 11 normas aprobadas bajo Obama, algunas muy profundas, como las que afectan a los subsidios medioambientales y normas de contratación laboral. Ha bajado los impuestos de sociedades; ha rechazado las normas pendientes para la Agencia de Protección Ambiental (EPA); se ha reunido con directores de las grandes corporaciones prometiéndoles una mayor desregulación a cambio de la creación de puestos de trabajo en América; ha exigido a las compañías farmacéuticas una bajada de los precios de sus medicamentos a cambio de una normativa más sencilla de aplicar; ha iniciado una revisión sobre los préstamos bancarios que está a punto de culminar, con el objetivo de hacerlos más accesibles; y habría derogado Obamacare de no habérsele cruzado de por medio Paul Ryan, el ambicioso presidente de la Cámara de Representantes, quien insistió en defender un plan de reforma de Obamacare tan mediocre y poco atractivo que no lo pudo sacar adelante. El fiasco de Ryan deja ahora el camino despejado para que Trump ponga punto y final al sistema de salud creado por Obama. Para Donald Trump no hay mal que por bien no venga.

Es verdad que en Gettysburg no dijo nada sobre política exterior y sus relaciones con los aliados (salvo en sus ramificaciones comerciales). Algo que ya fue considerado todo un insulto por nuestras dulces élites dirigentes. Ahora, que no dijera nada, no significa que los dirigentes de Europa, nuestro querido viejo y decadente continente, se abstengan de criticarlo también en este campo. Por ejemplo, cuando el presidente americano dijo que la OTAN estaba obsoleta, los aliados corrieron a rasgarse las vestiduras; pero cuando exigió que los aliados cumpliesen con su palabra y gastaran en defensa el 2% de su PIB (a fin de que la OTAN no se volviese obsoleta) ya sólo le criticaron su empeño en equilibrar la carga de la seguridad colectiva, pero sin alzar mucho la voz, porque creen que lo podrán timar, o dar gato por liebre, como tradicionalmente han hecho con sus antecesores.

Lo que de verdad les importa a los gobernantes europeos es sentirse queridos por Washington. Lo que el presidente americano haga en el resto del mundo es secundario. De ahí, por citar otro caso, los aplausos generalizados tras el ataque con misiles a la base siria de donde habían salido los aviones de Bashar al-Assad cargados con gas sarín. “Medido y proporcionado” hasta llegó a afirmar el portavoz del presidente de España, Mariano Rajoy, sobre dicho ataque. Eso sí, que no bombardee más que lo justito para aparentar que se hace algo ante la barbarie.

Es verdad que el arranque de Trump en materia de seguridad ha sido tumultuoso, con recambios complicados como el de su primer asesor de seguridad nacional, Mike Flynn. Por no hablar de la campaña mediática sobre las supuestas connivencias de Trump y su equipo con el Kremlin. Y, sin embargo, cuando ha tenido que tomar una decisión difícil, como el empleo de la fuerza en Siria y Afganistán, no ha titubeado ni reculado en la estela de su antecesor, Barack Obama.

Los buenos deseos y la política internacional son dos cosas que apenas se tocan. Y la realidad siempre es más desconcertante de lo que cualquiera imagina. Y Trump no puede escapar a esos dilemas que van con el cargo. Por mucho que desee llevarse bien con Vladimir Putin, no depende solo de él sino, en gran medida, de las ambiciones del líder ruso. E igual le ocurre con China o Irán.

En ese sentido, estos cien primeros días pasados han podido servir de acelerada curva de aprendizaje, no tanto sobre cómo funciona el mundo en realidad (que es lo que desearían los europeos), sino cómo funciona el poder en Washington de verdad (que es lo que esperaban los americanos). Por eso decía al principio que no debemos obsesionarnos con estos primeros cien días, porque los cien que vienen serán, con toda seguridad, más trascendentes. Trump llegó a la Casa Blanca con muchas ideas, por mucho que le quieran negar eso también, pero llegó con poco personal y, peor aún, con pocas políticas bien desarrolladas. Y el instinto, por muy desarrollado que lo tenga el presidente, no debe ni puede sustituir a una buena estrategia.

Pero para eso están los cien primeros días, para poner en funcionamiento unos mecanismos y un sistema de toma de decisiones que haga avanzar la agenda presidencial de manera inequívoca. Y por eso, precisamente, será digno de contemplar la aparente confrontación de visiones que se da en el seno del equipo de Trump, de creer a la prensa. Según los “spin doctors”, mayoritariamente en el campo contrario al presidente americano, se estaría dando una dura batalla entre el “eje de la razón”, esto es, los conservadores tradicionalistas de la administración, en donde teóricamente se situarían el Secretario de Estado Tillerson, el Secretario de Defensa Mattis y el Secretario de Seguridad Interior, Kelly, y “el eje de los lunáticos”, es decir, los trumpistas críticos del establishment, sean republicanos o no. Se supone que este campo estaría encabezado por Steve Bannon, el nuevo príncipe de las tinieblas o “el gran manipulador” según la revista Time.

A los europeos “de bien”, digan lo que digan, Trump los asusta. Le tiene miedo no por lo que ha hecho en estos primeros tres meses de su mandato, sino por lo que Trump va a hacer en los años que le quedan. Y por eso se agarran cual clavo ardiendo a la más mínima fisura en el equipo de Trump. Y no niego, que conste, que a Mattis, más inclinado hacia los demócratas que a los republicanos, le gustase ver salir a Bannon de la Casa Blanca. Ni tampoco digo que no acabe saliendo al grito presidencial de “You’re fired” (Estás despedido). Pero, con o sin Bannon, la realidad es que Trump es Trump. Y si quiere ser reelegido no puede dejar de serlo. Ni siquiera creo que se lo plantee. Más les valdría a las clases dirigentes aceptar que estos cien días son sólo el comienzo de una larga relación. Claro que como se descuiden un poquito, igual ya ni les queda París para su solaz.

 

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