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Un acuerdo comercial no es lo mismo que el libre comercio

Quizá la revuelta política más significativa de las elecciones de 2016 en Estados Unidos tocaba el asunto del libre comercio. No sólo el ganador final, Donald Trump, sino el competidor de las primarias de los demócratas, Bernie Sanders, atacaron duramente los acuerdos comerciales como el NAFTA y el TPP. Aunque  se diferencian enormemente en muchos asuntos, Trump y Sanders, así como millones de americanos, estuvieron de acuerdo con la premisa de que la apuesta de Estados Unidos por el libre comercio no estaba funcionando en favor de los americanos.

Sin embargo, de lo que pocos aparentemente se dieron cuenta es que un acuerdo comercial no es lo mismo que el libre comercio. Podemos debatir sobre si ciertos acuerdos comerciales promueven en términos generales una mayor liberalización económica. Pero si vamos a tener un debate nacional sobre el libre comercio, deberíamos admitir que los acuerdos comerciales distan mucho del verdadero libre comercio.

Todos los acuerdos comerciales son comercio dirigido

No hay ningún acuerdo comercial de talla única. Algunos son acuerdos bilaterales entre dos naciones. Otros son multilaterales y encuadran a muchas naciones. Dentro de ese marco, hay muchos arreglos posibles.

Por ejemplo, puede haber mercados únicos como la Unión Europea. Éstos conllevan la libre circulación de bienes, servicios, capital y mano de obra entre todos los Estados-miembro del mercado único. No obstante, las barreras se mantienen o se crean contra todos los que no son miembros del mercado único. Otro modelo es una zona comercial preferente. Las naciones participantes dan acceso preferente a ciertos productos de todos los miembros de la zona comercial. Los aranceles se reducen pero no se ven completamente abolidos.

Sin embargo, hay que percatarse de que todos los acuerdos comerciales involucran la participación de dos o más gobiernos que negocien la forma cómo sus ciudadanos interactuarán mutuamente en el terreno económico. Esto también significa que indirectamente estarán decidiendo cómo esos mismos ciudadanos interactuarán económicamente con gente de otros países que no forman parte del acuerdo comercial.

Estas negociaciones entre gobiernos cubren asuntos que van desde qué niveles arancelarios se aplicarán a diversos productos hasta cuál será el salario mínimo de cada país participante. Estos acuerdos típicamente involucran a naciones que acuerdan adoptar leyes que afectan asuntos tan específicos como patentes, estándares de seguridad alimentaria, inmigración, regulación medioambiental y horas laborales. Se mantienen reuniones con regularidad entre todos los gobiernos firmantes para seguir retocando el acuerdo.

Mucho más podría decirse sobre lo que conlleva hacer y mantener acuerdos comerciales. Pero la cosa es que los gobiernos controlan el proceso. Y durante ese proceso, los gobiernos se ven intensamente presionados por terceras partes. Ya sea por empresas, ecologistas o sindicatos, todos quieren cláusulas por escrito que los protejan y promuevan sus intereses en esos acuerdos comerciales.

Por tanto, los tratados comerciales están repletos de condiciones y restricciones que los gobiernos acuerdan. Tienen poco en común con la visión del libre comercio delineada por Adam Smith en su libro La riqueza de las naciones.

En esencia, el libre comercio tiene que ver con individuos y grupos que intercambian libremente bienes y servicios con otros individuos y grupos más allá de sus fronteras nacionales. Estos intercambios están libres de cargas como aranceles, impuestos y cuotas; libres de subsidios y condiciones que se deban satisfacer antes de que el intercambio tenga lugar. Un verdadero tratado de libre comercio se reduciría a una sencilla frase: “Habrá libre comercio entre las partes”. Según esta idea, no sería una exageración describir los acuerdos comerciales como prácticas en falso libre comercio.

¿Qué debe hacer un defensor del libre comercio?

Muchos tratados comerciales buscan eliminar restricciones e impedimentos al libre intercambio con el fin de convertir en realidad los beneficios del libre comercio de forma progresiva. Estas ventajas incluyen mayor eficacia en la producción para las empresas y precios más bajos para más y mejores bienes de calidad para los consumidores. Sobre todo, el libre comercio facilita la competencia libre y abierta. Esto significa que las empresas sólo pueden producir beneficios si responden a las demandas del consumidor de forma más eficiente e innovadora en vez de que sea a través de asegurarse privilegios del gobierno.

Sin embargo, los países son más que economías. Ni el interés nacional se puede reducir simplemente al crecimiento del PIB. Las relaciones económicas entre naciones tienen implicaciones para sus relaciones políticas y viceversa. Por eso, los gobiernos no pueden, ni deben, pensar solamente en la economía a la hora de tomar decisiones sobre sus relaciones con otros Estados soberanos. Y aunque lo deseen muchos burócratas de entidades supranacionales e internacionales como la Comisión Europea o la ONU, los Estados-nación no están desapareciendo. Es todo lo contrario.

Entonces, ¿qué deberían hacer aquellos comprometidos con el libre comercio en una era de creciente nacionalismo económico y de escepticismo a veces justificado ante los acuerdos comerciales? ¿Deberían criticar los acuerdos comerciales porque añaden complicaciones al libre intercambio y por crear nuevas oportunidades para el capitalismo clientelista? ¿O deberían promover esas partes de un acuerdo comercial que sí liberalizarían el comercio mientras que simultáneamente limitan sus intromisiones proteccionistas?

Yo sugeriría que la respuesta es “sí a todo lo de arriba”.

Luchar por más libre comercio, no por la utopía

Esperar a que los gobiernos practiquen el “libre comercio” es utópico. En primer lugar, los legítimos asuntos de ciudadanía y soberanía son parte de la ecuación. Esto es especialmente cierto en relación al libre movimiento de mano de obra entre países, esto es, la inmigración.

En segundo lugar, los defensores del libre comercio no pueden esperar que los gobiernos sean inmunes a las presiones de las sociedades que gobiernan. El Brexit y el surgimiento de Donald Trump y Bernie Sanders ejemplifican lo que ocurre cuando las clases políticas se aíslan del pueblo que gobiernan. Antes o después, cualquier pueblo con un mínimo de dignidad se rebela. Y, al menos, en el caso de Estados Unidos, esto ha resultado en un regreso al nacionalismo económico. El mismo Adam Smith prefería la reducción gradual, en vez de la inmediata abolición, de las barreras comerciales porque reconocía que, si se manejaba mal, la transición desde economías controladas hacia un comercio más libre podría fácilmente tener efectos contraproducentes.

Dadas estas restricciones, tal vez el camino más productivo para los defensores del libre comercio en la actualidad es: 1) Luchar por esas liberalizaciones contenidas en los acuerdos comerciales. 2) Al mismo tiempo, criticar implacablemente las formas en las que cualquiera acuerdo comercial estimule el capitalismo clientelista. Dada la creciente hostilidad de los americanos a “manipular el sistema”, mostrar cómo el proteccionismo potencia el capitalismo clientelista es una manera de restaurar el argumento a favor del libre comercio.

Cierto es que eso no acabará con la presente hostilidad de algunos americanos por el libre comercio. Pero puede ayudar a demostrar que las críticas contra el libre comercio están mejor orientadas hacia el comercio dirigido— y más en especial contra aquellos a los que se les confiere privilegios a costa de todos los demás.

 

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