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Chile: Hasta que nos bajaron de los patines

Durante un programa de televisión emitido por el canal estatal chileno poco después de asumir su cargo, el ministro de Educación, señaló el motivo por lo que era ineludible el impedir que las familias destinen libremente sus recursos económicos para la educación de los suyos. Y lo ejemplificó de la siguiente manera: “Lo que tenemos actualmente es una cancha enlozada. Un corredor va corriendo con patines de alta velocidad y el otro va descalzo. El descalzo es el de la educación pública. Entonces, me dicen: ¿por qué no lo entrenas más, por qué no le das mejor comida al que va descalzo? Bueno, porque primero tengo que bajar al otro de los patines”.

Con esas palabras el ministro dejaba en claro que las reformas escolares que se impulsarían durante los siguientes cuatro años no estarían destinadas a mejorar la calidad de la educación, apoyar el trabajo en el aula o la promoción de los docentes. El verdadero objetivo era la igualación de las personas. Parafraseando a Edwin George West, ya no se trata de que todos los participantes de una carrera partan la competencia al mismo tiempo, sino que además todos deben llegar juntos a la meta para finalmente beber la misma cantidad de la copa del vencedor.

En el proceso de igualación emprendido por el gobierno de Michelle Bachelet, nadie ni nada puede sobresalir. Eso explica su oposición a los liceos de excelencia y la complacencia ante la destrucción de los denominados liceos emblemáticos, entre ellos el Instituto Nacional, de cuyas aulas han salido casi 20 presidentes de la república y más de 30 premios nacionales en distintas disciplinas. Muestra de aquel deterioro es la pérdida de la certificación de excelencia durante el año 2016, la cual desde que se crease hace dos décadas siempre la había obtenido. Otra evidencia más la podemos encontrar en la constante baja en los puntajes de las pruebas estandarizadas, incluyendo la que determina el acceso a la educación terciaria.

El diagnóstico del gobierno socialista de Chile —la desigualdad es el principal problema que afecta a sus habitantes— ha resultado en que el Estado se haga con un poder extraordinario,  similar al de La Lotería de Babilonia,  cuento de Jorge Luis Borges, donde la institución no sólo otorga los premios, sino que también designa los castigos y controla la suerte de las personas. Y el gobierno lo ha hecho de la peor forma. Para Bachelet y su gobierno no resulta importante si se debe frenar a los que van más rápido o potenciar a los que van más lento. Aquí lo importante es alcanzar la tan anhelada igualdad, y como en esta cancha enlozada es más fácil bajar de los patines a quienes los tienen puestos en vez de generar las condiciones para que  quienes corren descalzos tengan sus propios patines, pues se optó por lo primero. Hoy, y por ley, las familias no pueden invertir en la educación de sus hijos. Ya no podemos usar nuestros recursos económicos para mejorar la educación de nuestros hijos.

Pero no es sólo eso. Durante estos años se ha atacado a las familias, despreciándolas y limitando su derecho a escoger la educación que desean para los suyos. También se le han puesto trabas a los emprendedores de la educación,  menguando sus posibilidades de desarrollar proyectos educativos propios y entrabándolos administrativamente con diversas obligaciones, que van desde la fijación de la remuneraciones de los docentes por el gobierno central, pasando por especificaciones de lo que pueden o no pueden invertir con sus recursos económicos,  hasta la obligatoriedad de ser dueños de sus instalaciones y la necesaria constitución en determinada figura legal a fin de poder entregar servicios educativos.

Chile es un país que en las últimas décadas gracias a su política de mercado logró satisfacer gran parte de los requerimientos de alimentación, vivienda, vestuario, salud, educación y hasta entretenimiento de su gente, en particular de los menos favorecidos— hoy tenga un ambiente propicio a doctrinas económicas e ideologías demostradamente fracasadas. El país hace bastante tiempo ya logró un consenso mediante el cual se han incrementado las opciones de todos sus habitantes sin descuidar el camino al progreso social. El gobierno de Bachelet ha decidido desconocer todo ese avance logrado durante décadas y resulta sumamente preocupante.

El bajar de los patines a algunos educandos, que según el gobierno, gozan de un injustificado privilegio por tener una mejor educación que otros, ignora todo el esfuerzo de sus familias por entregarles una enseñanza mejor que la que el Estado no ha sido capaz de brindar. Esto constituye un límite a la libertad, propio de los países de la Cortina de Hierro. La uniformidad en la mediocridad y el ahogo de la creatividad que hoy experimenta la educación chilena es el lógico corolario del gran experimento izquierdista contra el bienestar de los ciudadanos en Chile.

 

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