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Corea del Norte: Un acuerdo que trascendería la península

La Casa Blanca ha expresado que “el mensaje es positivo en un tema delicado y sensible”, y que el presidente ruso Vladimir Putin y el líder supremo de Irán, Ali Jamenei, deberían saber recibirlo.

Sin embargo, incluso antes que Estados Unidos llegue a un acuerdo con Corea del Norte, la disposición a hablar de ambos líderes indica la primacía del pragmatismo sobre los principios, y aunque Estados Unidos representa ciertos valores, no ha renunciado a sus intereses. En el caso de Corea del Norte, los intereses son básicos, en primer lugar: la eliminación de una amenaza nuclear norcoreana sobre territorio estadounidense, y en segundo, la descompresión de la tensión en la Península de Corea, donde Washington tiene un aliado importante como es Corea del Sur.

En cualquier caso, sin perjuicio de que la dinastía Kim ha eliminado a muchos más coreanos que los sirios asesinados por la dinastía al-Asad en Siria, y aunque Estados Unidos ni siquiera tiene relaciones diplomáticas con el régimen norcoreano, considerando también los antecedentes del padre de Kim y de su abuelo, que han demostrado docenas de veces no respetar acuerdos y reglas occidentales, Estados Unidos sigue dispuesto a hablar, lo cual es muy bueno en un escenario internacional de políticas erráticas donde no se ven logros concretos en materia de resolución de los conflictos vigentes.

Una vez descartadas las motivaciones ideológicas, tres condiciones hicieron posible las conversaciones de Kim-Trump: a) El deseo del presidente de Corea del Sur Moon Jae-in de buscar vínculos más estrechos con el Norte; b) La capacidad de Kim para afirmar la victoria (después de todo, Estados Unidos no habría acudido a la mesa de negociaciones si no hubiera sido por sus exitosas pruebas de misiles); y c) La capacidad de Trump para reclamar la victoria también (puede decirse que forzó a Kim a negociar amenazando con “lanzar fuego sobre su país” y aumentando las sanciones económicas sobre su régimen).

Sin embargo, queda por ver si estas condiciones serán suficientes. Kim podría exagerar y exigirle a Estados Unidos que reduzca drásticamente su presencia militar en Corea del Sur, y Trump podría exigir una total desnuclearización norcoreana en lugar de un congelamiento controlado internacionalmente en su programa de armas. El resultado dependería de la capacidad continua de los negociadores de cada parte para reclamar una convincente victoria ante sus pueblos y la comunidad internacional.

¿Qué sucedería si una combinación similar de circunstancias pudiera poner a EEUU y Rusia en el camino hacia un acuerdo que pondría fin a la versión actual de la “nueva” Guerra Fría?

Tal acuerdo necesitaría incluir a Ucrania (aunque no necesariamente a Siria). Y debería incluir reglas claras en materia de espionaje cibernético, en la no interferencia electoral mutua y las restricciones a los sistemas de defensa antimisiles.

Si Trump y Putin comenzaran a hablar sobre todos estos asuntos, Putin podría presentar esto como una victoria y podría decir que Occidente ha escuchado las amenazas de sus superarmas y que entendió que ya no puede ignorar a Rusia como actor de equilibrio del poder regional. Trump también podría apuntarse una victoria después de golpear a Rusia con sanciones más duras que su predecesor y, en general, hacer frente a Putin, manteniendo abierta la posibilidad de un acuerdo.

Sin embargo, el momento puede no ser el adecuado. Una cosa que falta es un Moon Jae-in ucraniano, alguien dispuesto a implementar la parte política del sufrido acuerdo de Minsk y reclamar los trozos de territorio ucraniano en poder de los rusos en negociaciones diplomáticas lo más suaves posibles para no humillar a Putin. Pero no está lejos de ser una alternativa a alcanzar.

El presidente ucraniano, Petro Poroshenko, hoy está limitado mientras consolida su poder de cara a su reelección en 2019. Pero los ucranianos no elegirán a nadie ni remotamente pacifista sobre Rusia en el futuro inmediato: el conflicto de los dos países es demasiado reciente, a diferencia de la Guerra de Corea, y sin una “paloma” local; Estados Unidos también está limitado, ya que ni siquiera Trump puede permitirse que se le vea ayudando al desmembramiento ruso de un país vecino. Siendo realistas, lo que también falta es un congreso americano abierto a un acuerdo cuando no hay rédito político por ganar siendo suave con Rusia ahora.

En cierto modo, Putin está en una situación peor que Kim, aunque las relaciones ruso-estadounidenses, incluso en su punto más bajo en décadas, son aún mejores que las de Estados Unidos y Corea del Norte. El gobernante ruso es rehén de su relativo éxito en Ucrania y no aceptará más que continuar luciendo como un ganador. Del mismo modo, no puede dejar de respaldar a al-Asad en Siria, por lo que el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov, anunció el viernes que Rusia suministrará sistemas de defensa antiaérea S-300 a al-Asad.

Putin necesita un tercero para salvar la distancia entre él y Trump, pero ese tercero aún no existe, por lo que tiene que fingir que realmente no quiere un acuerdo, aunque la mayoría de los rusos, incluidos muchos en el Kremlin, darían un suspiro de alivio si lo alcanzaran.

Pero si el paradigma de Kim funciona, ¿por qué no pensar que Trump busque un nuevo acuerdo con Irán, esta vez centrándose en frenar las ambiciones regionales de Irán? Hay alternativas; Estados Unidos podría permitir que Irán mantenga su influencia en Siria y Líbano a cambio de reconocer a Israel y abandonar el apoyo de los rebeldes hutíes en Yemen. Entonces, la intromisión de Rusia en Siria no se convertiría en un problema y las conversaciones por separado con Putin no serían necesarias.

Putin y sus aliados iraníes simplemente terminarían su trabajo en un país donde Estados Unidos no quiere luchar una guerra terrestre, y ello sin importar si hay un demócrata o un republicano en la Casa Blanca. Para hacer ese tipo de trato, los iraníes necesitan poder reclamar una victoria, y la lograrían, ya que serían reconocidos como un jugador legítimo en Medio Oriente y tendrían acceso a mejores oportunidades de crecimiento económico. Trump también podría jactarse de que su presión funcionó.

Pero para que estos acuerdos vean la luz, es necesario que Arabia Saudita, un aliado clave de Estados Unidos en la región, modifique sus políticas, congele sus reformas recientes y se muestre mucho más flexible respecto de lo que es hoy.

 

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