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El nuevo terrorismo de baja intensidad

La imagen actual de los europeos sobre terrorismo va de los terribles atentados del 11 de septiembre a la de los carros bomba o comandos asaltando discotecas armados con Kalashnikov, pero en Europa se ha disociado los ataques individuales con armas caseras de los actos de terrorismo. Cosa de perturbados, delincuentes o desesperados, se ha dicho. Ya, desgraciadamente, sabemos que no es así. Que el terrorista lo es por sus intenciones, no por el método de matar.

De hecho, si hubiéramos estado atentos a lo que ha venido pasando en Israel, la campaña actual de acuchillamientos y atropellos no nos hubiera cogido por sorpresa. El 25 de enero de 2015, un terrorista palestino asesinó a un conductor de autobús, hiriendo a varios pasajeros antes de que la policía le interceptara; el 6 de marzo de ese mismo año, otro terrorista atropelló a un grupo de personas que esperaban en una para del tren ligero en Jerusalén, hiriendo a siete de ellas. Un reciente informe del High Level Home Front Group en el que tuve la oportunidad de participar, contabilizó 157 ataques con armas blancas y 46 atropellos en Israel entre septiembre de 2015 y julio de 2016. Pero como se trata de Israel, no le prestamos demasiada atención.

Aunque en su momento también se intentó rebajar la gravedad, la realidad es que en diciembre de 2014, un hombre blandiendo un cuchillo y al grito de Allahu Akbar (Alá es el más grande), atacó a varios policías en una comisaría de Tours, en Francia; en enero de 2016 tuvo lugar el primer ataque con coche contra unos soldados franceses mediante la técnica del atropello; y el primer ataque utilizando un camión sucedió en Niza durante las celebraciones del 14 de julio del año pasado, con un balance trágico, como sabemos.

Este tipo de ataques no se ha limitado al Reino Unido y a Francia. El 26 de febrero de 2016, una joven vinculada al Estado Islámico hirió gravemente a un policía en Hannover, Alemania; el 16 de diciembre, un camión se lanzó contra el mercado navideño de Berlín, matando a 12 personas e hiriendo a otras 56; y entre medias, Bélgica, Italia, Suecia e Inglaterra sufrieron sucesivos ataques. Pero es sólo ahora, tras los ataques en Londres que Europa parece empezar a despertar ante esta nueva realidad del terrorismo de baja intensidad. Hemos tardado desde que en septiembre de 2014, el entonces jefe de operaciones exteriores del estado islámico, Mohamed al-Adnani, realizara su llamamiento a matar a infieles americanos y europeos “de cualquier manera y con cualquier instrumento al alcance de la mano.”

Con todo, convendría revisar algunos de los supuestos con lo que viene trabajando el contraterrorismo y la policía. Por ejemplo, la estrategia de la policía británica de “Corra, ocúltese e informe” no es válida para disuadir a nuevos atacantes ni para limitar el daño que este tipo de terrorismo puede llegar a causar. El español Ignacio Echeverría murió intentado ganar tiempo hasta que llegara más policía y lamentablemente pagó con su vida. Si hubiera habido más casos como él no sé si seguiría con vida, pero estoy convencido de que los terroristas no habrían logrado el daño que alcanzaron. En vez de estudiar el Corán en las escuelas, tal vez habría que introducir clases de defensa personal.

Es penoso ver que el actual alcalde de Londres, el musulmán Sadiq Khan, se niega a pronunciar las palabras “terroristas islámicos” para referirse a los atacantes. De hecho, es suicida, porque pone en evidencia la negación de muchos de los dirigentes europeos en admitir el vínculo que existe entre islamismo y terrorismo. Y entre islam e islamismo. Negando quién es el enemigo no lograremos que desaparezca.

Otra idea que hay que descartar cuanto antes es la aceptación del terrorismo como un fenómeno natural. Nuevamente, el alcalde de Londres representa bien esta forma de pensar cuando afirma que “el terrorismo es el pan de nuestros días en las grandes ciudades”. Pero no lo es, ni se puede equiparar a los muertos por rayos o picaduras de abejas. Por una simple razón: el terrorismo lo practican seres humanos que así lo quieren, motivados religiosamente. El terrorismo, a diferencia de las caídas mortales en las bañeras, se plantea unos objetivos y pone unos medios para lograrlos. No hay nada de locura o irracionalidad.

Precisamente por eso sí se puede combatir. ¿Cómo? En primer lugar, siendo mucho más vigilantes e intrusivos en lo que pasa en las redes sociales. No sólo porque el ciberespacio sea donde muchos radicales encuentre su motivación y a veces su instrucción, sino porque está comprobado que en muchos casos los terroristas dejan importantes pistas de lo que van a realizar poco antes de hacerlo en sus páginas de Facebook, Twitter y otras redes.

En segundo lugar, tenemos que aceptar que hay un vínculo entre incitación al odio y contra los valores occidentales, la radicalización, la propaganda islamista, el reclutamiento y los ataques terroristas. Combatir la propaganda y la ideología subyacente es inevitable. Controlar lo que se dice en las mezquitas resulta inexcusable, como también lo es presionar a los grandes proveedores de Internet y a organizaciones como Google, Facebook y Twitter para que instauren mayores filtros para impedir la incitación al odio antioccidental en sus páginas.

Tercero, la distinción tradicional entre guerras y operaciones militares en el exterior y el frente interno o doméstico tiene que borrarse en todo lo referente a la colaboración entre fuerzas armadas, servicios de inteligencia y cuerpos de policía, a nivel nacional e internacional.

Cuarto, aunque tener agentes de la ley armados no sea suficiente para disuadir a los terroristas de llevar adelante sus ataques, el cambio de las reglas de enfrentamiento para permitir el tirar a matar sí puede contribuir a que algunos de los perpetradores de terrorismo renuncien a ello. Cierto es que cuanto más implicados en una organización y más radicalizados ideológicamente, menos miedo le tienen a morir, pero para los que se están iniciando sí puede ser aleccionador.

Finalmente, habida cuenta de que la figura del “lobo solitario” es una ficción y que los terroristas siempre cuentan con toda una red que les ayuda con explosivos y armas, o de apoyo logísticos, o que simplemente los protege y esconde de la policía (por no hablar del involucramiento de refugiados en los atentados), se debería modificar la ley en trámite de urgencia para permitir la expulsión automática del suelo europeo de todos aquellos involucrados directa o indirectamente en tramas y ataques terroristas.

Etiquetas, expresiones de condolencias o recomendaciones como la de Katy Perry sugiriendo durante el concierto benéfico tras los atentados de Manchester que los asistentes tocaran a la persona que tuvieran al lado, no valen para prevenir el próximo atentado. Y tampoco para resolver el problema de fondo, que no es la falta de cariño. Si queremos sobrevivir y mantener la forma de vida que tenemos ha llegado la hora de adoptar políticas decisivas, no más paños calientes. Puede que no guste, pero la alternativa es dejar nuestro destino en las manos de los yihadistas, esto es, convertirnos al islam o morir por nuestros pecados.

 

© GEES