La verdad sobre el coronavirus

 

La etiqueta de coronavirus más parece una humorada que otra cosa. Al menos podríamos llamarlo ‘virus corona’, pues en español el adjetivo suele ir detrás del nombre. Por esta vez, una etiqueta científica incluye una palabra latina. Se trata de la imagen de corona que tiene la microfotografía del insignificante bichito. El cual nos está dando grandes quebraderos de cabeza a toda la humanidad.

La alarma o el temor colectivo que ha creado el dichoso virus se deriva de su asombrosa capacidad de contagio (no de «transmisión», como dicen los portavoces sanitarios). Los índices de letalidad no son elevados, pero sí su capacidad de contagiar a muchas personas en muy poco tiempo. Y eso asusta por lo que tiene de desconocido y amenazante. Añádase que la novedad del fenómeno no ha dado tiempo a que se comercialice una vacuna o un tratamiento realmente efectivo. Lo lógico, por tanto, es que la opinión pública de todo el mundo se sienta intranquila. Precisamente, esa sensación la provoca el reiterado llamamiento de las autoridades sanitarias para que no nos alarmemos. Impresionan las repetidas imágenes de los médicos con trajes de viajeros espaciales atendiendo a los posibles infectados. Es claro que, si sigue aumentando la pandemia, esa dedicación hospitalaria no la vamos a poder pagar.

Porque pandemia ya es. Se trata de una enfermedad contagiosa que se extiende a la mayor parte de los países del mundo. Impresiona la velocidad de avance. No consuela demasiado que la letalidad no sea elevada. Precisamente, la conjunción de tales datos obliga a sospechar un extraño origen del virus corona. No parece que sea una variante del virus de la gripe, pues en tal caso afectaría sobre todo a niños, adolescentes y jóvenes. Son los grupos que no han podido acumular anticuerpos de las anteriores olas de la enfermedad. Antes bien, sabemos que la epidemia actual se ceba con las personas mayores. Por tanto, todo hace pensar que el virus es más bien de índole artificial, de diseño, algo así como un error de laboratorio que se les ha escapado de las manos a los científicos. La suposición suena un tanto fantasiosa, pero tiene su fundamento. La prueba definitiva es que la pandemia se desató a partir de un foco muy concreto en la ciudad china de Wuhan. Habría que investigar si en tal localidad funciona algún laboratorio de guerra bacteriológica o similar. Pero aquí tropezamos con un inconveniente insalvable. China es un Estado comunista que no acostumbra a dar información, y menos en los asuntos relacionados con la defensa o la simple investigación. La pretenciosa Organización Mundial de la Salud (aunque mejor sería traducirla por la Organización Mundial de la Sanidad) se ve imposibilitada de atravesar la muralla china. La ironía es que la OMS depende de las Naciones Unidas, en la que China tiene el privilegio del veto.

De momento, todo se resuelve con una grandiosa campaña de eufemismos. Para empezar, lo de la «cuarentena», que dura 14 días. «No hay que alarmarse» es la repetida cantaleta oficial, pero se clausuran numerosos eventos en los que se junta un público indiscriminado. Sólo se salvan algunos encuentros deportivos y ciertas manifestaciones del independentismo catalán, pero por poco tiempo.

La letalidad de la pandemia será ínfima, pero el perjuicio económico se anuncia gigantesco. Concretamente, tienden a reducirse drásticamente los viajes de país a país, los cruceros y otras actividades turísticas, las ferias, congresos y exposiciones. En síntesis, tiende a congelarse la actividad económica que se basa en los desplazamientos de mucha gente de país a país. Tal condición afecta de modo particular a economías basadas en el turismo y el comercio exterior, como Italia, Francia, Alemania, Reino Unido y similares. En definitiva, se predice una crisis económica de alcance mundial, que afectará especialmente a Europa y a China ¿No era eso la globalización? No hay que ver sólo su carácter positivo.

La verdad del virus corona es que sabemos muy poco sobre su realidad clínica y económica. Todo se convierte en sospecha generalizada, y eso alarma. Lo que más alarma es que repitan que no nos alarmemos.

 

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