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  • La locura de reducir defensa a estos niveles

    Soldados americanosPor fin, un secretario de Defensa que se pondría manos a la obra para empezar a poner bajo control el hinchado gasto del Pentágono.

    Su nombre era Robert McNamara y él y sus “niños prodigio” tenían mucho que arreglar. Cada cuerpo de las fuerzas armadas tenía un delantal de carnicero diferente porque ni siquiera podían llegar a un acuerdo sobre los requisitos del mandil apropiado para un cocinero militar. Al Ejército le llevaba más tiempo incorporar un nuevo rifle de lo que le llevaba a la Fuerza Aérea construir un bombardero. La Fuerza Aérea se peleaba con la NASA sobre lo que Estados Unidos necesitaba en el espacio. Y los costos de construcción naval de la Armada se habían disparado.

    McNamara lanzó una iniciativa sin precedentes para controlar a los tipos encargados de las adquisiciones para las fuerzas armadas. McNamara quería eliminar los contratos que dejaban que las compañías acumularan beneficios inmorales. Quería que todo estuviese auditado. Por ello, habría un liderazgo maduro y una toma de decisiones centralizada, sin duplicidades inútiles y sin comprar las armas con las que se libró la última guerra.

    Durante casi una década, McNamara impulsó de manera incansable la economía y la eficiencia, así como unos requisitos tremendamente estrictos para asegurarse de que las armas que compraba Washington se ajustaban a las necesidades estratégicas de la nación. Y sin embargo, a pesar de todas sus iniciativas, los sobrecostos y el incumplimiento de plazos persistió, incluso empeorando en algunas ocasiones. Y lo que resultó más problemático: se podría decir que en todas las facetas de la competencia frente a la Unión Soviética, desde las fuerzas convencionales al armamento nuclear, la aplastante superioridad de la ventaja tecnológica de Estados Unidos desapareció casi por completo.

    En su nuevo libro “Adaptación a la respuesta flexible: 1960-1968” (Adapting to Flexible Response, 1960-1968), el historiador del Departamento de Defensa Walter Poole argumenta de forma oportuna y convincente que, aun habiéndose dispuesto a desarrollar unas fuerzas armadas más eficientes y competentes desde el punto de vista económico, McNamara no consiguió ninguno de ambos propósitos.

    McNamara trató de modernizar las fuerzas armadas recortando gastos y saqueando los presupuestos para financiar la Guerra de Vietnam. Llenó el Pentágono de responsables civiles que le eran políticamente leales, pero que carecían de las habilidades y el conocimiento para supervisar las adquisiciones de Defensa.

    El legado de los “niños prodigio” fueron unas fuerzas armadas anticuadas que no mejoraron hasta que Ronald Reagan llegó a ser presidente. A día de hoy, después de una década de guerra y de dos décadas de atención descuidada en cuanto a la modernización militar, Estados Unidos ha más que agotado las inversiones de Reagan.

    La semana pasada, el secretario de Defensa Chuck Hagel anunció su presupuesto para garantizar que las fuerzas armadas tienen las capacidades y la preparación suficientes como para afrontar los retos del futuro. Pero éste no parece sino una versión muy desgastada de McNamara, con una pizca añadida de la indiferencia ante la realidad típica de Jimmy Carter.

    Estados Unidos emergió de la Segunda Guerra mundial como una potencia global, con intereses financieros globales y responsabilidades de seguridad globales. El modo principal de proteger esos intereses era impedir que una guerra global sucediera de nuevo. Eso implicaba tener la capacidad de manejar los problemas de Oriente y Occidente al mismo tiempo, garantizado así que un conflicto regional nunca quedase fuera de control.

    Y, puesto que nos estábamos enfrentando a la Unión Soviética, teníamos que preocuparnos de que Moscú no instigara un conflicto en un tercer país. La respuesta estratégica de Washington fue constituir unas fuerzas armadas suficientes como para combatir y ganar “dos guerras y media”. Cuando la Amenaza Roja sucumbió, ese requisito se rebajó sensiblemente hasta el de ser capaz de responder a dos grandes contingencias regionales.

    Ahora, dice Hagel, todo lo que Estados Unidos puede afrontar es “quizás” un conflicto y “quizás” algo más. Además, con Hagel, la modernización de las fuerzas armadas parece más exigua que nunca, dejando la seguridad futura aún más en el aire.

    Y sin embargo, el secretario nos asegura que esto supone una buena administración de nuestras fuerzas armadas.

    Más bien es una sandez. Con una China en auge, una obstinada Rusia, un Medio Oriente en el caos, al-Qaeda resistiendo e Irán y Corea del Norte tan parias como siempre, no puede sugerir en serio que Estados Unidos estará igual de seguro con unas fuerzas militares más pequeñas y menos capaces. Es como si dijera que podemos cancelar de manera responsable nuestro seguro de incendios, ahora que hay tantos pirómanos en el vecindario.

     

    La versión en inglés de este artículo está en Heritage.org. 
    Posted in Actualidad, Análisis, Congreso, Economía, Estudios, Gobierno de Estados Unidos, Impuestos, Opinión