CDH: El club de dictadores cae aún más bajo

El Consejo de Derechos Humanos de la ONU (CDH) es el lugar donde algunos de los más brutales regímenes del planeta se dedican a lanzarse elogios, blanquear sus abusos y criticar a las democracias, especialmente a Israel. El martes pasado, el CDH se superó a sí mismo dando voz a uno de los peores torturadores iraníes.

El discurso del ministro iraní de Justicia, Alireza Avaei, hizo que abandonaran la sala los diplomáticos europeos, incluida la ministra sueca de Exteriores, Margot Wallström. La embajadora de EEUU ante la ONU, Nikki Haley, emitió una dura condena. Qué pena. El sistema de derechos humanos de la ONU, sobre todo el Consejo, están más allá del oprobio.

Avaei aprovechó su discurso para arremeter contra la supuesta dominación occidental de la ONU. Pero el mero hecho de que se le permitiera hablar en la Sala de los Derechos Humanos y la Alianza de las Civilizaciones de Ginebra prueba que los chacales y los déspotas mandan en el Consejo.

Nada mejor para adentrarse en el currículum de Avaei que el Centro Iraní de Documentación de Derechos Humanos, con sede en New Haven (EE.UU.), que analiza testimonios de víctimas y pruebas documentales para investigar meticulosamente los abusos contra los derechos humanos en la República Islámica.

Un informe del CIDDH sobre una matanza de miles de iraníes perpetrada en 1988 identifica a Avaei como “interrogador y torturador” en el penal de Dezful, en el sur del país. Allí, Avaei presidía los comités de la muerte que ejecutaban la fetua del ayatolá Jomeini que ordenaba liquidar a los izquierdistas y a los miembros de Muyahidín-e-Jalq (MEK) encarcelados.

Mohamad Reza Ashuq cayó en una redada y fue enviado a la cárcel de Avaei por la sencilla razón de que simpatizaba ideológicamente con el MEK. Como posteriormente recordaría, Avaei fue uno de los tres sujetos presentes en su comité de la muerte. Cuando concluyeron los interrogatorios,

(…) nos llevaron a las oficinas de la prisión y nos ordenaron que dejáramos ahí nuestras pertenencias y nos sentáramos. Uno a uno, nos fueron llevando a una pequeña habitación. [Un interrogador le dijo:] “Escribe tus últimas voluntades; vas a ser ejecutado”. Le dije que no lo haría. Entonces me dijo que volvería en diez minutos y se marchó. Cuando regresó, vio que no había escrito nada y dijo: “No hace falta”. Él y otros dos o tres individuos me vendaron los ojos, me ataron las manos y me llevaron afuera.

[Posteriormente, mientras los trasladaban en minibús a la base militar donde se ejecutaba a los prisioneros], nos dieron alcanfor y una mortaja. Nos ordenaron que nos quitáramos la ropa y nos pusiéramos la mortaja. Podíamos oír los gritos de las mujeres que estaban enviando a la ejecución. Quise escapar por la ventana del baño. Con todo el cuidado, me volví a poner mi ropa. [Un interrogador] entró junto con otros cinco o seis [guardias] y me vieron con la ropa de calle puesta. Me ataron las manos, me dijeron de todo y me sacaron de allí a patadas y puñetazos. Caí al suelo. De nuevo nos subieron al minibús. [Un interrogador] les ordenó que me ejecutaran con la ropa de calle.

Ashuq sobrevivió saltando por la ventana del minibus. Pero otros 30,000, entre los que había muchachitos de sólo 13 años, no sobrevivieron.

La trayectoria de Avaei como torturador y ejecutor sumarial no terminó ahí. Dos décadas más tarde, como jefe de justicia de la provincia de Teherán, contribuyó a supervisar la represión contra el prodemocrático Movimiento Verde. En Kahrizak, prisión y centro de interrogatorios improvisado, los jóvenes disidentes eran violados con bastones y botellas. Dos años después, la Unión Europea sancionó a Avaei por su implicación en estos hechos.

Ahora Avaei puede presumir de haberse dirigido al Consejo de Derechos Humanos, gracias al colapso de un sistema de Naciones Unidas que trata a las democracias y a las dictaduras como moralmente equivalentes y les otorga la misma legitimidad a la hora de abordar cuestiones relacionadas con los derechos humanos.

Años de “compromiso” de Estados Unidos bajo las administraciones de Obama y Trump han fracasado a la hora de impulsar mejoras. Más de una década después de su fundación, 25 de los 47 miembros del CDH son no libres o parcialmente libres bajo los parámetros de Freedom House. Entre ellos se cuentan China, Cuba y Venezuela. Mientras, Israel sigue siendo el único Estado del mundo sujeto a vigilancia permanente.

La embajadora Haley dice que está comprometida con la reforma de Naciones Unidas, especialmente del CDH. Pero lo mejor que puede hacer Estados Unidos es irse, como se ha ido de la UNESCO. Conferir legitimidad a ese organismo tan cruel como erróneamente denominado Consejo de Derechos Humanos hace flaco favor a la noble causa de los derechos humanos.

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