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La tragedia de los padres ausentes

“Como moscas a merced de muchachos traviesos, somos para los dioses: nos matan para su diversión”. Así dice el desesperado y decepcionado Gloucester en “El Rey Lear” de Shakespeare. En la obra, Gloucester está desesperado debido a la cruel ceguera que le han infligido. Y erróneamente piensa que la fuente de la herida es su leal hijo, Edgardo.

La vida moderna se parece rutinariamente a las trágicas dimensiones del teatro isabelino. En Washington DC (Distrito de Columbia), ese drama tiene ya demasiados muchachos traviesos. En los últimos meses, la ciudad se ha conmocionado con dos brutales asesinatos que, según la policía del Distrito, fueron cometidos por jóvenes que escaparon de centros de detención juvenil.

Los casos son particularmente desgarradores. Uno de ellos tiene que ver con un niño de 14 años que se escapó dos veces de hogares juveniles operados por el Departamento de Servicios de Rehabilitación Juvenil del Distrito. Se le acusa de ser el conductor de un todo terreno y, junto con dos pasajeros más, abrió fuego indiscriminadamente causando la muerte a cinco personas e hiriendo a otras cinco.

Solo dos semanas después, tres jóvenes de 18 años que habían estado bajo supervisión de la agencia fueron acusados de homicidio en el robo y tiroteo del director de una escuela secundaria del Distrito en su propia casa, ubicada en el suburbio de Silver Spring en Maryland. El 18 de mayo, la policía arrestó a un cuarto sospechoso de 19 años. Se convirtió en el octavo joven acusado de homicidio bajo tutela del sistema de justicia juvenil del Distrito este año.

El niño de 14 años tuvo su primer encontronazo con los tribunales juveniles cuando tenía 9. Brian Betts, uno de los acusados del asesinato del director, tenía 11 años durante su primera estadía en un centro de detención juvenil por una acusación de abuso sexual contra un menor.

La detención en el poroso sistema judicial juvenil del DC (se calcula que unos 150 jóvenes han escapado de centros de cuidados en grupo o de detención domiciliaria) es una de las pocas opciones disponibles entre las peculiaridades de la ley orientada a la rehabilitación de esta ciudad. Los casos recientes han provocado llamamientos exigiendo reformas. Es probable que los funcionarios del Distrito formen una nueva comisión de justicia juvenil. Se exigirá tener mejores bases de datos, mayor financiación para centros seguros y condenas a prisión serias para los delincuentes jóvenes más violentos.

Uno de los miembros del Consejo del Distrito hablaba de la necesidad de que haya “oportunidades educativas y vocacionales” y “mentoría intensiva”. Sin embargo, aparentemente solamente los homicidios múltiples llaman la atención de la prensa en la actualidad. Colbert King, columnista del Washington Post, lamenta que el asesinato de Kwanzaa Diggs de 17 años ocurrido en abril en una calle de la ciudad solamente ocupase dos líneas en su periódico. King se inquieta abiertamente al pensar que escribir tan crudamente sobre un sistema judicial en deterioro podría incitar a los críticos a acusarlo de desear “encerrar a los delincuentes juveniles y a continuación botar la llave”.

Pero luego, al escribir sobre el avezado jovencito de 14 años acusado de homicidio, el ganador del premio Pulitzer menciona algo que ningún crítico puede cuestionar:

“Hay algo horrible en infancias como la suya en las que reina una conducta implacable y equivocada, en las que los niños tienen niños de hombres que son solo niños, en las que hay niños que apenas si conocen a sus padres y son criados por abuelos, tíos y tías demasiado cansados para seguirles el ritmo, en las que los lazos más estrechos son con chicos mayores exhibiendo armas y actitudes que hacen juego”.

Tiene razón. Revise los artículos sobre estos casos de homicidio y encontrará la palabra “padre” mencionada una sola vez. Y lo mismo ocurre en la historia de una madre preocupada porque su propio hijo, ahora en un centro de detención juvenil, va camino del mismo destino que tantos otros. El padre del chico en problemas está muerto, dicen, sin más explicaciones.

Esta es la triste realidad. En el Distrito de Columbia en 2007, casi tres de cada cinco nacimientos eran de madres solteras. Los datos preliminares para 2008, publicados recientemente por el Centro Nacional de Estadísticas de Salud, revelan que en Estados Unidos en general, cuatro de cada diez nacimientos son fuera del matrimonio.

En el caso de los americanos negros a nivel nacional, un sorprendente 72% de todos los nacimientos son de mujeres solteras. Pero la noticia de haber superado históricament el umbral del 40% está tan enterrada como la historia sobre la muerte de Kwanzaa Diggs. Vaya a Google y escriba “nacimientos fuera del matrimonio en Estados Unidos”; verá que la mayoría de las historias que aparecen corresponden a informes del año pasado.

El concejal municipal de la capital del país que desea “mentoría intensiva” de chicos adolescentes y jóvenes se acerca a la idea correcta… tal vez sin saberlo. Es la ausencia de los padres.

En las comunidades donde el hogar monoparental no es lo común (y esas comunidades están desapareciendo en Estados Unidos), los hombres mayores casados o los más jóvenes que son “material de matrimonio” pueden cubrir muy bien esa necesidad de mentoría.

Pero, ¿de dónde saldrán esos hombres en ciudades en las que muchos de ellos se rehúsan a ser mentores o a vigilar a sus propios hijos? Colbert King y otros están haciendo las preguntas correctas. La disolución del núcleo familiar en Estados Unidos tiene propiedades radioactivas que ni cien edificios de hormigón podrían contener.

Pobre Gloucester. Su tragedia, como la de Lear, fue no poder reconocer a un hijo leal. Nuestra tragedia nacional es la pérdida de padres leales.

 

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