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El encanto del socialismo

Estos días, Samuel Doria Medina, uno de los hombres más ricos de Bolivia, orgullosamente participó de un congreso de la Internacional Socialista, del cual es miembro. Recuerdo un discurso de Rubén Costas ante una multitud a los pies del Cristo en el cual afirmó que Evo Morales era un falso socialista y que él (Costas) le iba a mostrar lo que era el verdadero socialismo.

El socialismo propugna el control de los medios de producción en manos del Estado. Incluso estirando lo más posible las definiciones de socialismo, es difícil catalogar a uno de los empresarios más ricos de Bolivia y al actual gobernador de Santa Cruz como socialistas. Es cierto que ni Doria Medina ni Costas son ideólogos, lingüistas o intelectuales; probablemente no son adeptos a la historia, la economía y la filosofía, pero deberían tener un concepto aproximado de qué significa socialismo, así como yo sé, sin ser biólogo, que las vacas no ponen huevos, ni las gallinas dan leche.

Resalto la cuestión no por las opiniones políticas o las interpretaciones semánticas de dos personas en particular, sino porque el fenómeno es más bien generalizado. La palabra “socialismo” tiene un encanto de cuento de hadas, de flautista de Hamelin que emboba y hace que muchos que incluso teniendo buen criterio en muchas cosas, en lo político quieran ser herederos de políticas que han fracasado donde han sido probadas y han dejado muerte, pobreza y zozobra. Gente que admira a Lenin, políticos cuyo mayor orgullo es tener una foto con Fidel, gente que defiende el socialismo del siglo XXI que ahora mismo tiene a Venezuela en ruinas. ¿Por qué una ideología que ha matado millones y multiplicado generaciones de miseria es pavoneada por tantos políticos, mientras que son pocos los que se enorgullecen de ser liberales (o peor aun ser llamados capitalistas) a pesar de que las mejores condiciones de vida para los obreros están en los países capitalistas?

Yo creo firmemente que uno de los mayores retos de nuestra generación, si queremos un país mejor, si queremos mundo mejor es renunciar a la tibieza intelectual y salir del encantamiento socialista del que muchos en Latinoamérica han sido víctimas.

 

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