¿Es la democracia la gran cosa?

Mi gran escepticismo sobre la democracia como algo esencial en sociedad e incluso como “derecho natural” no será novedad para los lectores de Libertad.org.

La realidad histórica y política es que la democracia es una espada de doble filo, y cuando expongo mi opinión y reseño que la democracia está sobrestimada, me catalogan rapidito como una persona autoritaria, liberticida, antidemocrática y antipueblo. Esta reacción, mayormente entre círculos izquierdistas, se basa en la premisa falsa de que es si un político o una institución tienen legitimación democrática entonces es sinónimo de algo bueno.

Para muchas personas sería un verdadero choque plantear cómo dos de los países más libres, el Reino Unido y Estados Unidos, son los menos atados a los principios de la democracia y el sufragio universal. Este planteamiento se sostiene si analizamos la estructura constitucional de ambos países; la Constitución de Estados Unidos es el documento más conservador en el planeta, donde el voto se menciona poco, algo que es reservado a los estados de la Unión. La estructura del gobierno es una que divide el poder, en donde el Ejecutivo no lo dirige directamente el elector sino el Colegio Electoral. La rama legislativa, el Senado, antes de la Enmienda XVII era elegido por las legislaturas estatales por un periodo de seis años. El Poder Judicial, investido en los magistrados de la Corte Suprema, tampoco se elige directamente. El presidente nomina y el Senado ratifica.

En el caso del Reino Unido, es una monarquía constitucional donde no se vota por el/la monarca (Jefe del Estado), donde en el sistema parlamentario no se vota directamente por el primer ministro sino por miembros del Parlamento. Tiena la Casa de los Lores que no es electa sino que sus miembros son elegidos por el gobierno de por vida y representa una importante parte fiscalizadora de la legislación proveniente de la Cámara de los Comunes. Un país donde los grandes avances en la libertad como el derecho de Habeas Corpus no provienen de movimientos democráticos sino de mayormente de conflictos entre monarca y Parlamento, representado por una aristocracia que no era electa y unos comunes que eran electos por un electorado limitado. Este sistema nos legó la Carta Magna, bendito documento que ha iluminado el camino de más de una constitución.

Como podemos apreciar, estos países son baluartes de la libertad porque su sistema no es totalmente democrático, donde existe una prudente restricción en actuar y adquirir el poder. Son sistemas que se basan en una concepción de la naturaleza humana que comprende sus flaquezas y por eso tiene un escepticismo natural a lo que John Madison y John Adams, entre otros, denominaron como “la tiranía de la mayoría”. Esto no quiere decir que favorezca un retorno al pasado, ya que el sufragio es universal, pero sí enfatizo que no veamos la democracia como algo sagrado o la panacea a nuestras aflicciones. Una institución no debe ser necesariamente eliminada porque no tener legitimidad democrática. Habrá que analizarla bajo el criterio de si mantienen y defienden la libertad y el orden.

Es importante cuestionar la sacralidad de la democracia y si de verdad nos hemos beneficiado de este movimiento democrático, sus ideas y del sufragio universal. El sistema democrático permite el traspaso del poder político sin necesidad de matarse (literalmente) por alcanzarlo. En este punto, es un magnífico sistema ya que es la forma pacífica y civilizada de hacer las cosas. Pero, pasado ese umbral, también vemos cómo por la búsqueda de votos, los partidos venden sus ideales y a su base política, traicionando sus promesas, atacando las libertades personales y envolviéndose en la bandera del populismo en nombre de un supuesto bienestar social. Por ejemplo, América Latina ha sufrido enormes decepciones con la institución democrática debido a la corrupción política.

Podríamos concluir que no nos hemos visto necesariamente beneficiado bajo este sistema – quizás hasta hayamos empeorado. En muchos casos, la democracia se ha convertido no solo en legitimación sino en arma retórica e ideológica para el intervencionismo contra el individuo y hasta a nivel militar en otros países. Las intervenciones militares en nombre de supuestos valores democráticos universales se han repetido en el siglo XX y XXI. Las intervenciones contra la libertad individual en nombre de un supuesto bienestar social general han sido impuestas por elementos legitimados por la democracia.

El modelo de los Padres Fundadores de Estados Unidos es una república basada en un gobierno limitado con balance de poderes. Ésta ha ido cambiando lentamente en favor del Estado administrativo que con su intervencionismo recorta libertades individuales de forma lenta pero segura – todo ello bendecido en nombre de la democracia y el progreso social. ¿Estamos mejor o peor? Porque en nombre de ese mismo principio, hoy tenemos una deuda de 20 billones de dólares, oleada, sacramentada y creada por nuestros representantes democráticamente electos. Conceder legitimidad democrática a nuestros políticos se puede convertir fácilmente en potentes armas contra nuestra propia libertad. Reflexione sobre esto que también es resultado de la democracia.

 

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