La codicia es socialista

Una de las grandes críticas que siempre se le han formulado al capitalismo procede de la Iglesia Católica, institución que, bienintencionadamente preocupada por la situación de los desfavorecidos, ha llegado a confundir el amor a los pobres con el amor a la pobreza. Entiendo ésta como la pobreza material y no como la pobreza de espíritu. Ese amor a la pobreza ha hecho que jamás haya intentado hallar las soluciones a la misma, sino todo lo contrario, precisamente porque su erradicación llevaría aparejada la del objeto amado. Esta actitud ha llevado a la condena de la codicia y a la falta de comprensión de los mecanismos de funcionamiento del capitalismo por parte de la jerarquía católica.

Vayamos pues a las fuentes bíblicas y a las dos redacciones de los Diez Mandamientos en el Antiguo Testamento.

La primera de ellas aparece en Éxodo 20, 2-17: “No codiciarás la casa de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimos”. La segunda la tenemos en Deuteronomio, 5, 6-21: “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”. Y por último, si acudimos a la fórmula catequética, el décimo mandamiento aparece con la siguiente redacción “No codiciarás los bienes ajenos”.

Como habrá observado el lector atento, la condena de la codicia sólo se hace respecto de la de los bienes ajenos, en ningún caso aparece como criticable el “afán excesivo de riquezas” (definición de la RAE) si éstas no son las del prójimo, sino fruto del trabajo propio. Lo que condena, entonces, el cristianismo es la codicia que lleva aparejada el deseo de apropiarse y arrebatar los bienes de terceros, es por lo tanto, la codicia socialista.

El socialismo entiende la economía como un juego de suma cero  (lo que uno tiene no lo tiene otro) según la cual los bienes y la riqueza existen sin más y los hombres la toman. Esta manera de entender la economía era propia en los tiempos de la Antigüedad, en la que la pobreza era la norma y el método para acumular riqueza básicamente consistía en el pillaje y la rapiña de los bienes del prójimo.

Pero la acumulación de capital y la inversión resultante, que dieron pie al aumento de productividad, han disparado el crecimiento de la riqueza a cotas inimaginables. Demostrando que la riqueza no es estática, sino que se crea (capitalismo) o se destruye (socialismo). El capitalismo ha demostrado que para acumular riquezas no es preciso arrebatárselas a nadie. Por el contrario, el socialismo sigue apegado a concepciones económicas estáticas y por eso apelan al redistribucionismo, que es el pillaje de antaño pero con el soporte del Estado. Y precisamente esa codicia (la de quitar a unos para dárselo a otros) es la que tanto el Antiguo Testamento como el Catecismo condenan: La codicia de los bienes ajenos — la codicia socialista.

 

© El Club de los Viernes