La diferencia clave entre conservadores y libertarios

Conservadores y libertarios han disfrutado de una alianza de larga duración y mutuamente beneficiosa, pero ello ha llevado a muchos a creer que son lo mismo.

Las diferencias entre ambas se vuelven aún más difusas en las universidades  donde la hegemonía del progresismo fuerza a grupos estudiantiles conservadores y libertarios a unirse en una alianza coyuntural.

Aunque vale la pena celebrar la continuidad de esta alianza, eso no deja de exigir algo de clarificación. La diferencia entre estas filosofías puede resumirse así: El conservatismo es una teoría política diseñada para salvaguardar los beneficios de la libertad, mientras que el libertarismo es simple y solamente una teoría de mercado. Saber apreciar esta distinción es vital si queremos preservar el singular sistema que los Padres Fundadores estructuraron.

En una conferencia reciente que ofreció Young Americans for Liberty debatieron sobre esta diferencia filosófica David Azerrad, de la conservadora Fundación Heritage y David Boaz del libertario Instituto Cato.

Azerrad recordó a los presentes en sus comentarios de apertura que este país se llama “Estados Unidos de América, no Mercados Unidos de América”.

Esa última frase, Mercados Unidos de América, captura con fina precisión la idea central del libertarismo. Mientras que conservadores y libertarios por lo general están de acuerdo en asuntos económicos, los libertarios tienden a cometer el error de pensar que la idea del mercado se puede aplicar en todas las esferas de la vida con el mismo éxito.

Según el paradigma del mercado, los individuos se preocupan por satisfacer su propio interés. Es la forma correcta de pensar sobre la economía. No obstante hay mucho más que tomar en consideración cuando se trata del orden político y social.

Si una teoría política se reduce a la pura búsqueda personal o material del propio interés, entonces, según afirma Azerrad, “no hay nada que preservar, nada que transmitir, nada que nos una como nación”. Simplemente todos buscamos la satisfacción personal y nada nos une como pueblo.

Por eso los conservadores proponen políticas que “salvaguarden los beneficios de la libertad para nosotros y nuestra posteridad” — esta frase que Azerrad citó sale directamente del preámbulo de la Constitución de Estados Unidos y constituye la el núcleo del manifiesto conservador. La libertad no es algo que deba disfrutarse sólo en el presente. Debe haber un orden integral, un marco político y social que perpetúe y genere libertad para las generaciones futuras.

De esto, Azerrad sacó dos conclusiones.

Primero, hay dos tipos de libertad: Ordenada y desordenada. No son lo mismo. No da igual lo que hagamos con la libertad. Después de todo, la libertad se puede usar mal y en formas que afectan negativamente la perpetuación de sus beneficios. Por eso los conservadores creen que los ciudadanos deben poder distinguir entre libertinaje y virtud. Debemos ser buenos ciudadanos, no sólo ciudadanos libres.

Segundo, nuestros documentos fundacionales consagran la libertad dentro de un orden constitucional, de forma que la libertad no se desperdicie imprudentemente.

Como guardianes y administradores tenemos la responsabilidad de criar y educar a la siguiente generación. Por eso los conservadores creen que los asuntos que tocan la vida, el matrimonio y la familia son de naturaleza política ya que ayudan a conservar las condiciones que hacen posible la libertad.

A pesar de la alianza política entre estas dos filosofías, se está poniendo cada vez más difícil para conservadores y libertarios llegar a un acuerdo sobre el propósito de la política. Los libertarios ofrecen una solución reduccionista que puede ser atractiva en términos de claridad y conformidad con las normas culturales del progresismo. Las preguntas sobre personalidad así como obligaciones morales y cívicas quedan reducidas a la singular doctrina del “Vive y deja vivir”.

Para los libertarios, este principio puede aplicarse prácticamente a cualquier circunstancia, incluso en formas que muchos conservadores consideran socialmente destructivas o moralmente significativas. Por ejemplo, cuando se trata de la prostitución, el aborto, el abuso de drogas ilícitas, fronteras porosas, etc., los conservadores no ven las cosas simplemente en términos de mercado. Pensamos sobre el tipo de sociedad que a la larga propicie la preservación de la libertad y una buena vida.

Los libertarios responderán simplemente preguntando: ¿Y qué? Si el ejercicio de mi libre albedrío no agrede materialmente a otros, ¿dónde está el problema?

A la postre, la diferencia aquí se reduce a lo que ambas partes valoran como su principal bien político. Ya que la libertad sin restricciones es el principal bien de los libertarios, éstos no ven propósito en llevar el debate más allá de las transacciones individuales.

Pero los conservadores reconocen que, aunque la libertad individual es un bien, no es el único bien. Sin sólidas instituciones intermediarias que sirvan de cimientos para la construcción de la sociedad —ya sean nuestras familias, iglesias o centros comunitarios—, la zona intermedia que separa a gobierno e individuo se erosiona. En consecuencia, la intervención gubernamental llena inevitablemente  ese vació, que irónicamente es el que todo libertario busca evitar.

Una respuesta muy común entre los libertarios, y que Boaz citó en el debate, es que a los conservadores simplemente no les gusta el cambio, cual fuere ese cambio. Boaz citó el ensayo de Friedrich Hayek (“Por qué no soy conservador”), para afirmar que los conservadores siempre se resisten al cambio, mientras que los libertarios “siempre saben que el mundo puede ser mejor” y que “nunca mirán atrás sino hacia delante…para evolucionar, para [lograr] el cambio social”.

Pero la verdad es que el cambio positivo sólo se da dentro de un contexto bien establecido y eso el algo que el libertarismo sencillamente no toma en consideración. Azerrad supo llenar algunos vacíos de ese contexto, explicando que, en el mismo ensayo, Hayek tampoco se identificaba como libertario, sino como del viejo partido Whig, muy influenciado por Edmund Burke, figura clave del pensamiento conservador.

Hayek pensaba que la coerción del gobierno “probablemente puede ser reducida al mínimo en una sociedad cuyas convenciones y tradiciones hayan convertido el comportamiento de una persona en algo altamente predecible”.

En otras palabras, el conservatismo hace posible el libertarismo porque mira tanto hacia el pasado como al presente para salvaguardar los beneficios de la libertad para el futuro.

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