Las enormes mentiras sobre el progreso humano

Si prestamos atención a la mayor parte de las informaciones que se publican en los medios de comunicación deberíamos pensar que el ser humano está, sino en el peor momento de su historia, sí crecientemente amenazado por la violencia, la pobreza o los desastres naturales. Cuando oímos a quienes se llaman a sí mismos «progresistas» sorprende que todos sus puntos de atención respondan siempre a una lógica como si las cosas fueran cada vez a peor. Uno pensaría que el progreso es lo contrario.

Y lo es. Por supuesto que en el mundo sigue habiendo personas que sufren, pero cada vez son menos. Hay desastres, pero sus efectos cada vez son menos letales. Hay situaciones que reclaman mejoras, pero las soluciones no vienen de un paternalismo estatal todopoderoso, sino de la libertad y la creatividad humanas, en un entorno de instituciones que permitan y protejan la libre discusión y el ejercicio de la razón por cada persona.

Probablemente el fenómeno cultural más interesante de los últimos años ha sido la eclosión de una generación de escritores liberales que demuestran con cifras que, de todas las eras de la historia humana, en esta es en la que hay menos pobreza, muerte, ignorancia y destrucción. Creo que no es exacto llamarles optimistas, porque no afirman que la mejoría de las condiciones de vida sea inevitable y automática. Es completamente injusto llamarles panglossianos, porque ni afirman que sea el mejor de los mundos posibles, ni creen que lo que ha mejorado lo haya hecho sin motivo.

Al contrario, lo que interesa de esta generación de escritores, varios de ellos científicos, es que creen que el progreso tiene un motivo: la libertad humana.

El libro de Steven PinkerEn Defensa de la Ilustración, es probablemente el más demoledor. Vale la pena leerlo y prestar atención a sus 74 gráficos, cada uno más esclarecedor que el anterior. Hace 200 años, el 90% de la población mundial vivía en pobreza extrema, mientras que hoy es un 10%. Las muertes por homicidio son ahora varias veces menos que hace treinta, cincuenta o cien años. El porcentaje de adultos con educación básica ha pasado de menos de un 20% a principios del siglo XIX, a casi un 80% actualmente.

Todo eso muestra que aún queda muerte, discriminación, sufrimiento e ignorancia, pero que son incomparablemente menores a las que había antes. Pinker tiene claros los motivos: la libre discusión mediante la razón, la ciencia y el humanismo. Son los valores de la Ilustración, para él. La preocupación de Pinker es que, a fuerza de creernos los discursos pesimistas, terminemos olvidando los valores de libertad y racionalidad que en realidad sí están funcionando y haciendo que la humanidad mejore. Lo malo será si llegamos a negar por completo la realidad que progresa, y la humanidad acabe por dejar de lado esos valores ilustrados. Es, en realidad, lo que pretenden los extremistas que apelan al resentimiento y a las peores emociones.

El británico Matt Ridley hace un análisis complementario, en El optimista racional y en The Evolution of Everything. El progreso humano no ha venido de ningún estado, de ningún organismo científico o técnico, que lo haya organizado todo bien. Ha venido y sigue viniendo como fruto de millones de decisiones individuales, cada una de ellas tomadas en libertad, que han permitido a la humanidad descubrir ideas mejores y soluciones para sus problemas.

Marian Tupy hace una excelente labor al frente de una página web, Human Progress, creada por el Instituto CATO para ofrecer datos sólidamente fiables que se puedan oponer a la palabrería progresófoba. Decía Jean-François Revel que la mentira es la fuerza más poderosa del mundo, pero estaremos de acuerdo en que pierde fuerza cuando los datos desmienten categóricamente sus discursos sobre la decadencia y desdicha humana como consecuencia del capitalismo.

Es precisamente lo contrario: es el capitalismo lo que emerge a principios del siglo XIX y hace que, en un plazo de doscientos años, millones de seres humanos vivan cada vez más, con mayor calidad de vida, con mayor cultura y con menos opresión. Eso es lo que otro de los grandes exponentes de esta generación de escritores, el sueco Johan Norberg, expone con claridad apabullante en su libro Progreso.

Lo que estos autores se han esforzado en demostrar debería entrar con fuerza en el debate político mundial: no estamos cada vez peor, sino cada vez mejor. Y esto, como dice Norberg, «se explica porque millones de personas tienen hoy más libertad que nunca para mejorar sus vidas, lo que a su vez beneficia a todo el mundo». No vaya a ser que a fuerza de negar la realidad, terminemos olvidando y postergando el origen del progreso, que es el capitalismo como único marco posible de expresión de la libertad sin privilegios.

 

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