Legitimidad y democracia

 

Democracia es aquella forma de gobierno donde el pueblo elige a sus representantes por votación, y donde el ciudadano es libre y tiene la opción de participar del proceso político tanto activamente (como candidato, haciendo proselitismo, prensa, dando su opinión, etc.) o pasivamente simplemente emitiendo su voto.

Es un elemento indispensable en toda democracia la libertad del ciudadano. Un mecanismo también indispensable para mantener la democracia y asegurar las libertades civiles es la denominada división de poderes del Estado. Toda democracia moderna está dividida en tres poderes independientes e interdependientes: El Poder Legislativo, encargado de crear las leyes de la nación; el Poder Ejecutivo, encargado de ejecutar y hacer respetar las leyes de la nación; y el Poder Judicial, encargado de interpretar las leyes de la nación.

Cada uno de estos poderes tiene funciones específicas dadas por la Constitución y ninguno de ellos puede, en democracia, usurpar las facultades de otro poder. Este sabio sistema está hecho precisamente para evitar la ascensión de déspotas que pretendan acumular todo el poder y eventualmente coartar la libertad de los ciudadanos de la nación. Sin embargo este sistema de chequeos y balances (o de pesos y contrapesos) no es infalible, y a veces uno de los poderes (casi siempre el Ejecutivo) elimina a los otros poderes o los subordina a su absoluto control.

El momento que esto ocurre, la democracia desaparece. Quienes tienen el poder dejan de representar al pueblo y pierden toda legitimidad. Si un presidente, incluso elegido democráticamente, vulnera la democracia y sus instituciones, éste pierde su legitimidad y el pueblo tiene el derecho de deponerlo. La lógica es sencilla: La legitimidad de un gobierno democrático radica en su elección por voto popular, la división de poderes, y el respeto a las leyes del Estado. Si se violan estos preceptos, la democracia deja de existir y el gobierno deja de ser legítimo. Ante un gobierno ilegítimo el pueblo puede y debe sublevarse para restituir la democracia y la libertad.

Tal vez el Estado me llame traidor por decir esto, escribir silogismos y publicar pasquines. Si tal es el caso, le agradezco el honor de incluirme entre traidores tan ilustres como lo fueron Pedro Domingo Murillo y la generación de 1809, Samuel Adams y Thomas Jefferson, Simón Bolívar y Antonio José de Sucre — todos mártires o próceres de la libertad y la justicia.

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