Si no es tu tierra, no eres libre

La igualdad —tan mentada en estos tiempos— no es un estado natural del hombre. Los hombres somos profundamente desiguales desde el mismo día en que nacemos. Como quiera que no está en el ADN de la naturaleza de la raza humana, siempre que se pretenda conseguir, tendrá que ser por la fuerza, mal negocio.

En materia económica, la búsqueda de la igualdad a través de ese mantra progre que es la redistribución de la riqueza, ha generado históricamente millones de muertos de hambre, y unas tasas de pobreza que son constatables en todos los sitios donde se han impuesto las teorías económicas marxistas, que en pleno siglo XXI, todavía son defendidas.

Los países que respetan y protegen a los creadores de riqueza y no se dedican a expropiársela para redistribuirla, son casualmente los que menos pobres tienen.

Ser empresario y generar 75,000 puestos de trabajo está mal visto.

¿Por qué?

Porque tienes un yate, y en el pueblo hay gente que no puede comprarse un televisor. Como si lo uno tuviese que ver con lo otro, como si la economía fuese un juego de suma cero que implicase que si unos ganan más, los otros ganan menos; somos así de idiotas.

China, que hasta hace cuatro días no permitía la acumulación de riqueza siguiendo las máximas comunistas en favor de la igualdad, ve hoy como sus millonarios se multiplican, y hasta compran equipos de futbol europeos.

La apuesta de este gigante por el liberalismo económico, el libre mercado y el capitalismo, ha sacado en poco más de dos décadas a 500 millones de chinos de la extrema pobreza.

Eso sí, ahora hay muchos empresarios con yates, lo que no significa que haya más pobres sin televisores… sino todo lo contrario, bendita desigualdad.

En algún momento los políticos nos han logrado convencer a través de la propaganda goebbeliana de que la desigualad es mala, a pesar de que ésta signifique diversidad y riqueza; y que la igualdad es buena, a pesar de que ésta implique uniformidad y ausencia de libertad individual, convirtiéndonos en un rebaño.

Pero más allá de que sea buena o mala, lo que es seguro es que no es natural, y por lo tanto su imposición a través de la coacción violenta que llega a su máxima expresión con la máxima chavista “exprópiese”, implica siempre de facto un beneficio conjunto a muy corto plazo, y la ruina para generaciones enteras a largo plazo.

Cuando se acaba de expropiar toda la riqueza, ya sólo nos quedará miseria para redistribuir, colas del hambre.

El hombre se hizo libre con la propiedad privada, por eso los enemigos de la libertad la odian tanto, porque no quieren hombres libres, sólo esclavos.

Hasta hace no tanto tiempo, antes de la era industrial, prácticamente toda la población mundial vivía de lo que daba la tierra, tierra que solían trabajar para un rey, conde, zar, etc.

El día que esos hombres logran poseer un trozo de esa tierra, dejar de trabajar para el cacique de turno y empezar a hacerlo para beneficio propio, ese día se hacen libres. Es la propiedad de esa porción de tierra lo que les hace libres, lo que les permite dejar de matarse para beneficio de otros, y empezar a recoger los frutos de su esfuerzo para beneficio propio.

Pero ese mismo día, comienza la desigualdad: quién trabaja más, gana más; quién acierta mejor con el tipo de cultivo, tiene más éxito… es así, somos profundamente desiguales.

El intento del hombre por intervenir en esta supuesta injusticia, siempre acaba por igualarnos sí, pero por abajo, todos igual de pobres y miserables. La historia es testigo.

¿Qué más dará trabajar para un conde o hacerlo para los Castro? Si no es tu tierra, no eres libre.

 

© El Club de los Viernes