Trump, Irán y Corea del Norte

Este lunes pasado, y en un movimiento sin precedentes, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, reveló al mundo que su servicio de inteligencia exterior, el famoso Mossad, se había incautado de más de 10,000 documentos secretos iraníes en los que quedaba claro lo que él siempre ha defendido: que Irán miente sistemáticamente y con un propósito estratégico, engañar al mundo sobre sus verdaderas intenciones y ambiciones atómicas. El columnista del New York Times, Bret Stephens, escribía al día siguiente que el plan de acción impulsado por Obama y firmado por Estados Unidos, Rusia, China, Alemania, Francia y el Reino Unido en 2015, más conocido como el JCPOA, se basaba en una doble mentira: la primera, por parte de Irán, de que negociaba de buena fe y no con engaños como ahora ha quedado bien patente; la segunda, por parte de la administración Obama, que se negó a ver las mentiras de los ayatolás iraníes y que se autoconvenció de que no había engaños de por medio. Parece que ha llegado la hora de la verdad. Y le ha tocado a Donald Trump revelarla.

El próximo 14 de mayo, el presidente americano, por mor de una complicada legislación introducida en su día por el senador Bob Corker con el objetivo de hacer más digerible el pacto de Obama, tiene que extender las revisiones periódicas del cumplimiento iraní del acuerdo nuclear, el JCPOA, o negarse a dar una nueva extensión y abandonar, en consecuencia, dicho acuerdo. Conviene recordar aquí, por puro procedimiento, que el JCPOA no tiene naturaleza legal en Estados Unidos. Obama se negó a enviarlo al Senado por temor a que fuese rechazado y tampoco lo consideró un acuerdo ejecutivo. Es tan sólo un plan de acción conjunta. Que hiciese que otros países lo firmaran o que lo endorsara el Consejo de Seguridad de la ONU, no le otorga ningún peso legal en el marco normativo nacional de Estados Unidos y, por eso, basta una decisión presidencial para poner fin a la participación americana.

Los europeos, que en 2015 le siguieron la corriente a Obama sin gran entusiasmo, tienen pavor a que Trump los deje solos con Rusia y China en la defensa del JCPOA. En parte porque no les gusta quedarse en la mesa con dichas “amistades” y, sobre todo, porque saben que ellos solos no cuentan con los instrumentos, la voluntad y la fuerza para sostener el JCPOA sin Estados Unidos. Tras tres meses de intensas negociaciones que no han concluido con el acuerdo que demandaba el presidente Trump para arreglar el plan de acción e impedir de verdad que Irán se acerque a la capacidad de fabricar una bomba nuclear, Macron y Merkel han hecho un último esfuerzo por salvar el acuerdo. Ambos estuvieron de visita oficial en Washington la semana pasada y pidieron a Trump más tiempo para revisar el acuerdo y eliminar los aspectos negativos del mismo. El ministro británico de Exteriores, Boris Johnson, ha llegado a afirmar, tras la presentación de Netanyahu, que “las mentiras de Irán hacen más necesario salvar el acuerdo”, en una suerte de pirueta lógica poco comprensible.

Los europeos, que soñaban con pingües contratos para sus empresas en el mercado iraní, dicen ahora que dejar caer el JCPOA empeora la situación porque significaría lanzar a Irán a una carrera desenfrenada por la bomba. Pero ésta es una argumentación engañosa. Si Irán se avino a negociar el acuerdo de 2015 fue motivada por el temor a que un ataque contra sus instalaciones nucleares fuera real e inminente. Los dirigentes de Teherán, conviene tenerlo presente, nunca han querido perseguir la vía más rápida a la bomba, sino la más segura para ellos, es decir, la que menos pusiera en riesgo su supervivencia política. Y ese temor sigue estando presente. Más ahora que su economía va francamente mal, sus compromisos “revolucionarios” en diversas partes de Medio Oriente les están saliendo muy caros, y que su población se manifiesta día si y día también, en protesta por sus deterioradas condiciones de vida. Irán no está en su mejor y más estable momento. Pasar de su estrategia diplomática de cordero a una carrera atómica de lobo, forzaría a que todos, incluso los europeos, se vieran forzador a reimponer sanciones e, incluso, que la opción militar americano-israelí volviera a estar encima de la mesa. Algo que sólo los más aguerridos de entre los dirigentes de la Guardia Islámica Revolucionaria pueden querer.

Lo que sí puede intentar Irán es mostrar una cara amable, prometiendo una vez más que no persigue hacerse con la bomba nuclear y que sus intenciones son pacíficas, a la vez que aceleraría su colaboración con Corea del Norte, con quien mantiene una estrecha relación atómica desde hace años. Dicho de otras maneras, externalizaría de su programa clandestino e ilegal.

Pero es aquí donde Trump entra de nuevo en la ecuación. Producto de su retórica y presión, el líder de Corea del Norte parece estar abandonado su irracionalidad y estar dispuesto a parar su investigación atómica. Muchos críticos de Donald Trump, que ya le habrían otorgado el Nobel a Obama sólo por los avances hacia una cumbre bilateral, intentan ridiculizar los logros de Trump porque “al fin y al cabo, Corea del Norte ya es nuclear”. Lo que no tienen en cuenta estas voces es que Corea del Norte no sólo representa un problema por su arsenal atómico, sino, sobre todo, por su capacidad de proliferación, esto es, de poner en el mercado internacional componentes nucleares y de misiles. Puede que Trump no convenza a Kim Jong-un de desnuclearizarse por completo, pero puede que sí ponga freno a su cooperación con Irán. Ya sólo con este avance, los ayatolás iraníes se encontrarían más solos que nunca. Corea del Norte no es un remoto país en una lejana península del Lejano Oriente. Ha estado y está todavía bien presente en Medio Oriente a través de Irán. Es hora de que esa unión se rompa. Trump tiene tanto el palo como la zanahoria para conseguirlo, les guste o no a sus críticos.

 

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