Greta Thunberg: La típica anticapitalista

 

Greta Thunberg. Su nombre lleva apareciendo en los medios de comunicación más conocidos durante al menos el pasado año y medio, aumentando su presencia en los mismos durante los seis meses pasados. Thunberg es una auto proclamada “activista por el clima” de 16 años de edad que lanzó el movimiento Fridays For Future, una movilización de la sociedad civil para reducir los efectos de la acción humana en el cambio climático, como, por ejemplo, nuestra huella de CO2 anual.

Pero el problema, más que sus objetivos, son los medios propuestos para alcanzarlos. Ud. sólo tiene que escuchar algunos discursos de Thunberg, leer un par de sus artículos y… ¡voilà! Descubrirá su profunda ideología anticapitalista. Thunberg culpa de todo al capitalismo y propone fuertes políticas intervencionistas para tratar de “salvar el mundo”.

No entraré a juzgar si sus políticas son o no eficaces para la protección del medioambiente a largo plazo, pero le puedo confirmar que Thunberg tiene una profunda ignorancia sobre los más elementales conceptos de economía básica, principalmente sobre los incentivos de mercado. Vamos a demostrar, en primer lugar, por qué algunas de sus ideas son completamente incorrectas desde los planos teórico y práctico, para, más tarde, proponer algunas soluciones de libre mercado para la protección del medioambiente.

El movimiento Fridays For Future ha proclamado en muchas ocasiones que su objetivo principal es tener al menos una cuota de producción energética de 0 emisiones del 75% del mix energético total, mientras que en muchos países europeos esta contribución al mix energético es menor del 35% en casi todos los países e inferior al 30% en más del 50% de todos los países de la Unión Europea. Thunberg normalmente se encuentra con la realidad de que una transición enérgica tan rápida haría subir los precios de la energía como un cohete, debido a la carencia actual de medios de generación e infraestructura. Este aumento de precios tendrá obviamente un efecto regresivo en la sociedad, ya que aquellos situados en los quintiles más bajos de la escala de distribución de ingresos son a su vez los que más porcentaje de sus ingresos dedican al consumo energético.

Fridays For Future ha ignorado parcialmente este argumento, ya que acaban de proporcionar una supuesta solución a este problema que, según ellos, también ayudará a reducir las emisiones a corto plazo. Piden un impuesto de 180 euros por tonelada de CO2 emitido. Para que los lectores entiendan el impacto de este impuesto, emplearé los cálculos de Luis Gómez, bioquímico español residente en Alemania y autor del blog Desde el exilio:

Los niños salen los viernes a la calle y reclaman un impuesto al CO2 de —por ejemplo, en Alemania- €180/t al año… ¡desde ya mismo! Y proponen un nivel CERO de emisiones de CO2 para el 2035. En España, donde emitimos unos 325 millones de toneladas de CO2 al año, la factura de un impuesto como el propuesto supondría unos 58,500 millones de euros al año.

Para que se hagan una idea de lo significativo de la cantidad: en 2018 nos gastamos en educación 51,275 millones de euros. Hablamos de 58,500 millones de euros que, repentinamente, abandonarían las arcas privadas para engrosar las del Estado, supongo que para subsidiar organismos de control, observatorios diversos, parados y empresas de dudoso éxito comercial, pero con un “encomiable” proyecto sostenible.

Pero, ¿por qué los impuestos masivos y coercitivos no son una solución? ¿Por qué en este caso resultaría mucho más eficiente una fiscalidad pigouviana?

En primer lugar, hablemos de los impuestos al carbón. Para resultar eficiente y justo (no fiscalmente coercitivo) debería registrar unos ingresos neutros o, al menos, los ingresos obtenidos a través de ese impuesto deberían ir a ayudar a los más directamente afectados por la contaminación. ¿Por qué? Muy simple. Externalidades negativas. Pero, ¿qué son las externalidades? Una externalidad es el nombre técnico dado a aquellos efectos indirectos, positivos o negativos, causados por una actividad desarrollada por un tercero, en la cual no se encuentra implicado el agente afectado por dichos efectos.

Por ejemplo, si alguien abre una tienda de bicicletas en el centro de la ciudad, esto podría ayudar a reducir el nivel de contaminación en la zona, o si alguien fuma cerca de Ud., entonces Ud. pasará a ser un fumador pasivo aunque no haya decidido fumar. Lo que ocurre con la contaminación es bastante similar al segundo ejemplo. Una fábrica puede imponer costos (no sólo monetarios) sobre terceros no relacionados con su actividad comercial, por lo tanto, para interiorizar ese costo, el Estado intervendrá e introducirá un impuesto pigouviano al carbón, que recibe dicho nombre por el conocido economista británico Arthur C. Pigou. Este impuesto no sólo servirá para internalizar costos, sino también para desincentivar dicha actividad contaminante, exponiendo sus costos reales.

La clave para lograr un alto nivel de eficiencia a través de este impuesto es que su objetivo no sea maximizar ingresos, sino minimizar los costos impuestos sobre terceros. Un caso de impuestos pigouvianos bien empleados fue el de Canadá. Justin Trudeau siguió las recomendaciones de algunos economistas como Gregory Mankiw y decidió imponer un recargo de 20 dólares canadienses por tonelada de CO2, que alcanzará 50 dólares canadienses por tonelada a principios de 2022. Pero ésta no es la parte buena. La parte buena es que el 90% de los ingresos regresarán a los bolsillos de los ciudadanos canadienses en forma de cheques, de modo que el Gobierno no decidirá en qué gastarlo y será responsabilidad directa de los ciudadanos. Según cálculos efectuados por la administración canadiense, cada familia recibirá una media de 700 doláres canadienses al año procedentes del nuevo impuesto al carbón, que compensará totalmente las externalidades negativas impuestas por la contaminación.

El economista Lorenzo Bernaldo de Quirós ha escrito varias veces sobre el camino de dependencia (dependence path) de las inversiones en el sector enérgico. Esto significa que las decisiones de inversión tomadas hoy en relación a este sector mostrarán sus resultados efectivos en el muy largo plazo, que es por lo que los costos dinámicos del proceso de descarbonización tienen una mayor importancia que los costos estáticos. Por eso es esencial reducir costos de infraestructura junto con procedimientos burocráticos y barreras de entrada. Dichas políticas de flexibilización facilitarían la Inversión Financiera Directa procedente de países con una enorme especialización en nuestro sector de interés, como China, Israel o Estados Unidos.

Si somos propietarios de algo, deberíamos ser responsables de todos los costos que ello produce, por tanto, los impuestos al carbón estarían justificados siempre y cuando su objetivo sea interiorizar costos, pero no cuando son puramente confiscatorios, que es justo lo que pretende Thunberg y su movimiento.

 

© El Club de los Viernes

 

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