Reivindicando la ideología

A menudo escuchamos decir que las ideologías están pasadas de moda, que lo que importa ahora es lo práctico y que uno debe guiarse por lo que funciona y dejar de lado lo que no funciona en la política y la economía. Hoy mucha gente se vanagloria de no tener ideología, y por ejemplo un periodista, es considerado bueno si no la tiene, y malo si adopta alguna postura ideológica. Esto es un error colosal, ya que nadie está libre de formar juicios de valor y de defender ciertos principios y valores. Y dado que la ideología no es más que una serie de principios y valores, difícilmente alguien puede estar libre de estar más cercano a alguna ideología. De hecho lo grave, lo preocupante sería lo contrario: Gente sin principios y valores con los cuales guiar su comportamiento.

Pongamos algunos ejemplos: Ud. puede tener la idea de que el sustento debe ser fruto del trabajo propio o que el Estado debe procurar el sustento de las personas; si alguien no paga el alquiler, Ud. puede considerar que el Estado debería defender el derecho de evicción del propietario o el derecho de vivienda del inquilino; Ud. puede considerar que el Estado debería regular los precios de los alimentos, o que no debería involucrarse en tal actividad; Ud. puede considerar que el Estado debería prohibir y criminalizar las drogas, o que su consumo debería ser una cuestión personal; Ud. puede estar o no de acuerdo con la prostitución, con el nivel de impuestos, con la organización política de su país, con la libertad de prensa, etc. y tener algunas ideas sobre cómo le gustaría que la sociedad manejara estos temas. Cada una de estas cuestiones implican una posición ideológica y difícilmente puede alguien estar libre de tener una opinión o inclinación en todas ellas.

Deberíamos desechar la idea de que todas las ideologías son malas (aunque por supuesto hay ideologías execrables) y que una persona sin ideología, que dice guiarse enteramente por lo práctico es de alguna manera preferible. Como dijo John Maynard Keynes:

Las ideas de los economistas y filósofos políticos, tanto cuando son correctas como erróneas, tienen más poder de lo que comúnmente se entiende. De hecho, el mundo está dominado por ellas. Los hombres prácticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto.

 

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