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  • ¿Por qué América da la bienvenida a los inmigrantes?

    Por la naturaleza misma de los principios sobre los cuales fue fundado Estados Unidos —más que cualquier otra nación en la historia— atrae a su territorio a los oprimidos, a los perseguidos y a todos aquellos “que anhelan respirar en libertad”. Admite a aquellos que vienen a este país honradamente, armados con ética de trabajo, en busca de las promesas y las oportunidades del Sueño Americano. ¿Por qué América da la bienvenida a los inmigrantes?

     

     

    La clave de la singularmente exitosa experiencia inmigratoria de Estados Unidos tienen que ver con una política deliberada y asertiva de asimilación patriótica: Dar la bienvenida a los recién llegados mientras que se insiste en que aprendan y asuman la cultura cívica e instituciones políticas de América, de modo que se forme una nación hecha de muchos pueblos — e pluribus unum. Mientras que hay muchas diferencias de opinión respecto al número total de inmigrantes y del proceso usado para venir a este país, el punto en el que hay un amplio consenso bipartito es que los que vengan aquí deben convertirse en americanos.

    El aplastante resultado de esta política de asimilación, a lo largo de la historia de América, ha sido el fortalecimiento de nuestro capital social, una expansión continua de nuestra economía y la renovación constante de nuestro objetivo nacional. Estados Unidos ha sido bueno para los inmigrantes y los inmigrantes han sido buenos para Estados Unidos.

    En lugar de asumir que la base de la obligación cívica fuese alguna antigua pretensión de derecho divino o de identidad étnica o religiosa, los fundadores de América empezaron con la igualdad de derechos y el consentimiento. Según se indica en la Declaración de Independencia: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los Hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos Derechos inalienables; que entre éstos están la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad”. Todos son iguales —no solo los americanos— ya que todos poseen derechos fundamentales que existen por naturaleza.

    Se instituye el gobierno legítimo para asegurar estos derechos fundamentales, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados. Como dijo Jefferson: “La humanidad no ha nacido con sillas de montar en la espalda, ni tampoco unos cuantos privilegiados con botas y espuelas listos para montarlas legítimamente, por la gracia de Dios” [1]. Esta nueva forma de obligación cívica no crea soberanos y súbditos sino ciudadanos iguales que a su vez gobiernan. El requisito del consentimiento y la práctica del autogobierno crean las condiciones de la ciudadanía.

    La “naturalización” es el proceso legal por el que los inmigrantes se convierten en ciudadanos como si fuera por naturaleza. La idea de la naturalización brota de las ideas políticas de la Fundación. Las personas tienen derecho a emigrar de su patria, pero no tienen derecho de inmigrar a este país sin el consentimiento del pueblo americano según lo expresado en las leyes de Estados Unidos.

    Cuando el pueblo americano da la bienvenida a un inmigrante, la naturalización en Estados Unidos no funciona como lo hace en otros países. Un extranjero puede inmigrar a Francia o Japón, pero nunca llegar a ser verdaderamente francés o japonés. Sin embargo, un extranjero de cualquier origen étnico o racial  puede emigrar a Estados Unidos y llegar a ser, en toda la extensión de la palabra, un americano. Semejante transformación es posible en América porque la apertura misma de libertad a diversas procedencias y diferencias de opinión, incluyendo opiniones religiosas, emana de principios políticos compartidos Son estos principios los que hacen posible ante todo el gobierno libre y estos principios son los que los inmigrantes deben aceptar.

    Cuando se fundó Estados Unidos, esta teoría de la ciudadanía americana era nueva en el mundo. Aún sigue teniendo implicaciones revolucionarias: Todos los ciudadanos, por nacimiento al igual que por naturalización, poseen libertad civil y religiosa por un inherente derecho natural. Todo lo que se les pide es que se comporten como buenos ciudadanos y sean fieles al gobierno constitucional americano.

     

     

    Los Fundadores esperaban que los mejores inmigrantes aumentaran el capital moral del país creciente, trayendo consigo las cualidades necesarias para el funcionamiento del gobierno libre. América prometía ventajas “para aquellos decididos a estar sobrios, ser trabajadores y miembros virtuosos de la Sociedad”, decía Washington en 1788 a un holandés con el que mantenía correspondencia. Y agregaba: “No hace falta disimular que el saber que estas son las características generales de tus compatriotas sería una razón primordial para considerar su llegada como una valiosa adquisición para nuestros incipientes asentamientos” [2].

    Los Fundadores no temían que los inmigrantes, por sí mismos, subvirtieran la república americana. Mientras que la sensatez y la virtud persistieran sólidamente entre los americanos, el proceso democrático y el ascendiente más amplio de la sociedad atenuarían la posible influencia de principios extranjeros en la opinión doméstica. Fisher Ames de Virginia apuntaba que una vez que “los hábitos de los inmigrantes al igual que sus intereses se integren a los nuestros, podríamos dejar que los lleven en el corazón o que renuncien a los importados prejuicios y locuras de su elección. La opinión pública debe evitar el peligro de que [esos prejuicios] se propaguen entre nuestros propios ciudadanos, si hemos de dejar que el error y el prejuicio prevalezcan o fracasen ante la verdad y la libertad de indagación”.

    Los Fundadores entendían que la inmigración traería la necesaria –y deseable– diversidad de creencias a Estados Unidos. Pero también reconocieron que hacía falta una cierta uniformidad de opinión sobre América y los principios fundamentales de la Revolución. Como dijo Hamilton, nuestra política en materia de inmigración debe esmerarse “por posibilitar que los extranjeros se libren de sus vínculos foráneos y adquieran vínculos americanos; que aprendan los principios y se imbuyan del espíritu de nuestro gobierno; y que den entrada, al menos, a la filosofía de sentir un verdadero interés por nuestros asuntos”.

     

     

    La diversidad es ley de vida, pero la unidad de principios fundacionales es necesaria para el proceso de asimilación, convirtiendo el pluribus en unum. Sin embargo, como Estados Unidos está cimentada en los principios de autogobierno republicano, no puede forzar a sus ciudadanos a ser libres. Los inmigrantes’ al igual que todos los americanos, deberán en ultimadamente adquirir por sí mismos las cualidades y convicciones fundamentales del republicanismo. Ellos deben decidir libremente convertirse en ilustrados amigos de la libertad y adeptos del experimento común americano de autogobierno.

    A través de sus leyes, el pueblo de Estados Unidos da su consentimiento para que los inmigrantes formen parte del país, bajo ciertas condiciones, como residentes y en muchos casos, como compatriotas. El Congreso tiene la responsabilidad constitucional tanto “para establecer una regla uniforme de naturalización” que ponga los términos y las condiciones de inmigración y ciudadanía como para asegurar la imparcialidad y la integridad del proceso legal por el que los inmigrantes entran al país, establecen su residencia y logran la ciudadanía. Las leyes de naturalización deben ser equitativas y deben hacerse cumplir uniformemente, tanto por el beneficio de los actuales ciudadanos de Estados Unidos como por consideración a los que obedecen la ley y siguen las reglas impuestas para entrar en el país.

     

     

    “Cada especie de gobierno tiene sus principios específicos” observaba Jefferson. “Los nuestros, quizá, son más peculiares que los de cualquier otro en el universo” [4]. Por lo tanto, debemos tener ocuparnos de que ciudadanos tengan la oportunidad de aprender estos principios.

    Para los americanos nacidos en este país, la educación cívica La educación cívica se da sobre todo en casa y a través de la enseñanza escolar. Sin la ventaja natural de haber nacido y crecido en este país, como asunto de política pública, se debería educar a los inmigrantes específicamente en la historia, las ideas políticas y las instituciones de Estados Unidos.

    Los inmigrantes deberán saber quiénes somos y en lo que creemos como pueblo y lo que representamos como nación. Deberán conocer los principios de la Declaración de la Independencia : Que el gobierno legítimo se funda en la protección de los derechos naturales iguales y en el consentimiento de los gobernados. Deberán entender y apreciar cómo la Constitución y nuestras instituciones de gobierno limitado funcionan para proteger la libertad y el Estado de Derecho.

    Es a través de sus vecinos, amigos y compatriotas –en comunidades locales, iglesias, escuelas y organizaciones privadas, por no mencionar el lugar de trabajo y el mercado– donde los inmigrantes absorben los hábitos, las costumbres y el espíritu de los americanos, fortaleciendo sus virtudes, fomentando su ética de trabajo y creando sus responsabilidades sociales. La educación cívica, en particular, funciona mientras que los inmigrantes observan y luego participan en la vida política americana, viendo la igualdad ante la ley y el consentimiento de los gobernados aplicado a la política local, estatal y nacional. De esta forma, como Washington predijo, los inmigrantes “asimilan nuestras costumbres, reglas y leyes: en resumidas cuentas, pronto se convierten en un pueblo” [5].

    “Ciudadanos por nacimiento o por elección de una patria común, esta tierra tiene derecho a que todos vuestros afectos se concentren en ella”, según nos recuerda Washington [6]. La palabra “ciudadano”, que proviene del latín civis, se asocia con la afiliación y la participación en un orden  político específico. Por definición, la ciudadanía americana está limitada a Estados Unidos. Por tanto, ser ciudadano de Estados Unidos por nacimiento o por naturalización necesariamente implica lealtad de primer orden al orden político americano.

    Lealtad es la obligación que tienen los ciudadanos con el país que los protege y asegura sus libertades individuales y derechos fundamentales. En Estados Unidos, la lealtad ciudadana proviene de una profunda adhesión y deferencia, no a líderes políticos o al Estado, sino a la Constitución y al Estado de Derecho.

    Estados Unidos debe aplicar la asimilación para asegurarse las bendiciones de la libertad y pasarlas de generación en generación. Damos la bienvenida a los inmigrantes por las contribuciones que hacen y porque aceptan la lealtad inherente a la ciudadanía americana.

    A fin de cuentas, una política asertiva para asimilar a los inmigrantes debe verse como parte de un renacer aún mayor de nuestros principios, una reafirmación de lo que nosotros sostenemos como evidente. Después de todo, es nuestro reconocimiento común de las trascendentales verdades lo que nos unen a todos y a través de tiempo a los patriotas de 1776.

    A fin de cuentas, una política asertiva para integrar a los inmigrantes debe verse como parte de un renacer aún mayor de nuestros principios, una reafirmación de lo que nosotros sostenemos como evidente. Después de todo, no es tanto el requisito técnico de ratificar una colección singular de afirmaciones históricas lo que ata a los inmigrantes a América sino nuestro reconocimiento común de las trascendentales verdades que nos unen a todos y a través de tiempo a los patriotas de 1776.

     

    —Matthew Spalding es vicepresidente de Estudios Americanos y director del Centro B. Kenneth Simon para Principios y Política en la Fundación Heritage.
    La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org.
    Referencias
    [1] Thomas Jefferson, carta a Roger C. Weightman, 24 de junio de 1826.
    [2] George Washington, carta al Rev. Francis Adrian Vanderkemp, 28 de mayo de 1788.
    [3] Trabajos de Fisher Ames, editado por W. B. Allen (Indianapolis: Liberty Fund, 1984), Vol. 2, p. 1092.
    [4] Thomas Jefferson, Notas sobre el Estado de Virginia, Query 8 (1787).
    [5] George Washington, “Discurso de Despedida”, 19 de septiembre de 1796.
    [6] George Washington, “Discurso de Despedida”, 19 de septiembre de 1796.

     

     

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