Por Dr. Edwin J. Feulner
Las impresionantes palabras iniciales de la Constitución proclaman que ésta es obra de “Nosotros el Pueblo”. En la Declaración de Independencia, el pueblo americano había anunciado al mundo que era soberano y libre. En la Constitución, buscaron defender esta libertad creando un gobierno sin igual para una nación excepcional, un gobierno que deriva sus justos poderes del consentimiento de su pueblo. Pero, en esta república americana, ¿cuál es el papel del pueblo?
Estados Unidos es excepcional debido a sus principios fundacionales de carácter universal. En el centro de esos principios está la creencia de que las personas son libres por naturaleza y que poseen derechos inherentes. El uso que cada uno de nosotros hagamos de estos derechos será lógicamente distinto, como también diferirán los resultados de lo que escojamos. Pero la elección sigue siendo nuestra. Por tanto, la libertad está inextricablemente ligada a la idea de vivir nuestras vidas como creamos conveniente. De esto se trata el autogobierno en el más estricto sentido de la palabra. Nosotros el pueblo no necesitamos deferirlo sumisamente a manos de expertos. Se puede confiar en nosotros para autogobernarnos.
Es por eso que el Estado debe seguir siendo limitado: El pueblo le ha concedido únicamente poderes limitados, como se describe en la Constitución. Al arrogarse más poder del que le corresponde, el Estado le resta significado a nuestras decisiones. En el peor de los casos, un Estado ilimitado es tiránico; en el mejor, impone una uniformidad anodina que aplasta la verdadera diversidad y mina el espíritu independiente del pueblo.
Los Fundadores creían que era una cuestión decisiva el evitar la creación de un gobierno que pudiera estar dominado por una sola facción. Esa facción podría ser una minoría o incluso podría ser una mayoría. Pero no importa su tamaño, pues inevitablemente buscaría fomentar sus miopes intereses propios a expensas de las libertades del pueblo. Una de las finalidades del sistema de pesos y contrapesos, razón por la que divide y limita el poder, es frenar la ambición de los poderosos y, en palabras de la propia Constitución, para garantizar que el Estado fomente realmente el “bienestar general”. A medida que el Estado federal ha ido creciendo durante el siglo pasado, la función del Estado se ha convertido cada vez más en quitarle a Pablo para beneficiar a Pedro y a continuación pedirle prestado a Pedro para saldar cuentas con Pablo. Lo que los partidarios del Estado omnipresente llaman el bienestar general es simplemente la taimada distribución de favores a facciones específicas.
El Estado federal no se diseñó para ser la institución más importante de Estados Unidos. Al garantizar el bienestar general, se supone que tiene que hacer sólo aquellas cosas que están estipuladas en la Constitución. Por ejemplo, debe proveer la defensa común y dirigir nuestras relaciones con naciones extranjeras. Debe respetar nuestro derecho a disfrutar de los frutos de nuestro trabajo aplicando baja presión fiscal y debe defender la libertad de mercado garantizando el cumplimiento del Estado de Derecho. Y debe recordar que la familia y la religión son las instituciones donde aprendemos qué es la virtud y que sin virtud, el Estado no puede ser ni limitado ni libre.
Como afirmó John Adams: “Nuestra Constitución fue concebida únicamente para un pueblo moral y religioso. Es totalmente inadecuada para el gobierno de culaquier otro tipo [de pueblo]”. En Estados Unidos, el gobierno no sólo requiere el consentimiento de los gobernados. A fin de cuentas, se fundamenta en la capacidad del pueblo para autogobernarse. La primera función (y el primer deber) del pueblo es asegurarse de que sigue siendo virtuoso y libre.
Por eso el sistema americano se fundamenta en los derechos del individuo, pero no en el individualismo. Cuando Thomas Jefferson escribió en sus Notes on the State of Virginia (Notas sobre el estado de Virginia) que “son las maneras y el espíritu del pueblo lo que conserva a una república en vigor”, plasmó una verdad vital de la libertad americana. Los Fundadores depositaron grandes esperanzas en la Constitución, pero sabían que ninguna restricción escrita en un papel podría preservar la libertad. En definitiva, ese deber recae en el pueblo americano. El papel de la Constitución era frenar y chequear y, como escribió Washington, “establecer un estándar al que puedan recurrir los sabios y honrados para repararla”. Las palabras de la Declaración, las vidas de los Fundadores y el diseño de la Constitución pueden ser inspiradores, pero por sí mismos no pueden preservar la república americana.
Sólo el pueblo americano, imbuido de los principios que inspiraron a los Fundadores y motivaron la Declaración, puede hacer eso. Y es que las virtudes de Estados Unidos no aparecieron de la nada. No son el resultado de personas que viven aisladamente. Son virtudes sociales. Se nutren en las familias, se sustentan en congregaciones religiosas y se fomentan en las interacciones diarias de trabajo, aficiones y vida personal. Mucho antes de la Declaración, los observadores extranjeros se sorprendían del número y brío de las instituciones sociales americanas así como de la democracia cotidiana del matrimonio, el trabajo y la sociedad de Estados Unidos.
Mucho más que en cualquier otra nación del mundo, los americanos se reconocían mutuamente como semejantes en el aspecto social y consecuentemente en el político. Por eso es tan importante la tradicional virtud americana de la autosuficiencia y por qué la expansión del Estado es tan peligrosa: Autosuficiencia significa que tenemos la obligación de tratar de no abusar financieramente de nuestros semejantes. El Estado omnipresente no ve a los ciudadanos como personas que responden por sí mismas y que ayudan a sus semejantes, sino que los ve como súbditos a los que debe cobrarles impuestos y en los que debe gastar dinero.
El deseo de los Fundadores no era que viviéramos nuestras vidas como individuos aislados. Ni tampoco era para aislar al Estado de la religión y la sociedad civil. Al contrario, era para proteger a la religión y la sociedad civil de manos del Estado y así prevenir que el Estado pudiera debilitarlas y corromperlas. Los Fundadores creían que, si las fuentes de la virtud cívica permanecían libres y fuertes, el pueblo americano seguiría siendo capaz del autogobierno. No hay nada mágico en el pueblo americano que pueda salvarlo si no se salva a sí mismo. Por eso dijo Ronald Reagan en su famoso discurso sobre el Imperio del Mal de la Unión Soviética, que: “La libertad nunca está a más de una generación de la extinción”. Como americanos, siempre tenemos la obligación de legar la herencia de la libertad, sin impedimentos, a la siguiente generación. Éste es el segundo deber del pueblo.
Hoy en día, todo el mundo dice estar a favor de la sociedad civil. Pero no todo el mundo entiende lo que esto significa. Cuando la izquierda habla de sociedad civil, a menudo está implícita su visión de la sociedad civil como agente del Estado, pagado por el Estado para hacer el trabajo que el Estado todavía no se ha arrogado. En el mundo de la diplomacia, sociedad civil es una frase en clave para autodesignadas organizaciones de izquierda que afirman hablar en nombre de los pueblos del mundo y reivindican una autoridad moral superior a la de gobiernos elegidos democráticamente. Hace falta que, ante el resto del mundo, Estados Unidos defienda la legitimidad de las democracias soberanas, que son los únicos gobiernos que permiten progresar a la auténtica sociedad civil.
Dentro de nuestro país, los americanos no deberían dejarse engañar por el argumento de que la sociedad civil necesita estar dirigida por el Estado para ejecutar buenas obras. Eso no es más que otro subterfugio que debilita a la sociedad civil, oculta la mano del Estado omnipresente y en definitiva nos empobrece a todos, tanto espiritual como financieramente. Este subterfugio se fundamenta en el profundo desprecio mostrado por la izquierda hacia la sociedad civil desde los años 60, cuando llegó a la conclusión de que el trabajo del Estado era liberarnos de nuestras opresivas vidas privadas.
Las iglesias, organizaciones benéficas o instituciones como la Fundación Heritage son parte de la sociedad civil y todas pueden realizar buenas obras. Pero nuestros clubes deportivos, nuestros grupos de scouts y nuestros puestos de verduras forman igualmente parte de la sociedad civil. Sólo porque una institución sea social no significa que sea asunto de todos. Al contrario: El poder de la sociedad civil parte del hecho de que gran parte del mismo es personal, sin intención de remediar ningún problema más amplio. El Estado debe forjarse en el respeto a las virtudes que esta sociedad civil fomenta o acabará destruyéndola. La lección de historia de Europa es que a medida que sus Estados se han expandido, sus organizaciones benéficas, iglesias e instituciones sociales se han ido muriendo.
Estados Unidos es una isla de estabilidad en un mundo de turbulencias. Hasta ahora tenemos la misma Constitución que hemos tenido desde hace más de 200 años. Nuestro afán por proteger a Estados Unidos de sus enemigos externos y por fomentar el liderazgo americano en el mundo, nunca debe ser óbice para que olvidemos que nuestro poder de liderazgo fluye debido a la singular combinación de tener un Estado poderoso pero limitado y una sociedad dinámica y autosuficiente. Cuando vemos que en el extranjero otros comparten esa visión y luchan contra la tiranía, deberíamos ofrecerles nuestra amistad. Cuando vemos que una tiranía cae, deberíamos aplaudir con cautela, a sabiendas que la democracia se construye de abajo a arriba, no al revés. Nuestro papel en el mundo proviene de lo que nos hace excepcionales: defender y promover los principios universales sobre los que el pueblo americano fundó su Estado.
Es por eso que el verdadero papel del pueblo es asegurarse de que tanto ellos como su Estado se mantengan fieles a esos principios. Eso es en parte trabajo de la prensa libre y de las urnas. Pero no podremos expresarnos y votar a favor de los principios fundacionales de Estados Unidos si olvidamos cuáles son esos principios.
En su gran Discurso de Despedida desde la Oficina Oval el 11 de enero de 1989, Ronald Reagan hizo un llamamiento a la nación para que se fomentase el “patriotismo informado”. Reagan creía que, tras el final de la Guerra Fría, el espíritu de patriotismo se sentía en el aire, pero pensaba que eso no bastaba. Para Reagan, el patriotismo tenía que estar “bien arraigado” en la cultura popular y reconocer siempre que “Estados Unidos es la libertad…y la libertad es especial y rara”. La libertad americana comenzó con la memoria americana y si no se conserva, advertía Reagan, el resultado final sería la erosión del espíritu americano.
La carátula de este ensayo alude a una afirmación de Reagan: “Todo gran cambio en Estados Unidos”, comentaba él, “empieza en la mesa del comedor…Y niños, si sus padres no les han estado enseñando lo que significa ser americanos, háganselo saber y fríanlos a preguntas. Eso sería muy americano”. Reagan tenía razón: Debemos comprender nuestra Constitución si hemos de defender lo que hemos logrado con ella y debemos conocer nuestra historia si hemos de valorar la libertad ordenada que nos legaron los Fundadores. Debemos ser libres autogobernándonos, salvaguardando nuestra libertad para la próxima generación y defendiendo la libertad en nuestro país y en el extranjero. Nosotros el pueblo creamos esta república y nosotros el pueblo debemos salvaguardarla.
Este artículo pertenece a la serie Entendiendo qué es América.