George Washington: Padre de la Nación

George Washington fue “el hombre indispensable” de la Fundación Americana. Fue el comandante militar que dirigió un heterogéneo Ejército Continental hasta la victoria frente a la más fuerte y mejor entrenada fuerza militar del mundo. Más que cualquier otra cosa, su respaldo personal a la nueva Constitución aseguró su aprobación final. Su elección a la presidencia (habiéndose diseñado el cargo pensando en él) fue esencial para el establecimiento de la nueva nación.

Soldado de profesión y de oficio agrimensor, Washington fue ante todo un hombre de acción. Nunca aprendió una lengua extranjera o viajó fuera del país y nunca escribió un ensayo político o un tratado filosófico sobre política. Como Abraham Lincoln, Washington había recibido escasa educación formal. Y sin embargo, sus palabras, pensamientos y actos como comandante militar, presidente y líder patriótico hicieron de él uno de los mayores (quizás el mayor) estadista de nuestra historia.

Washington nació en Virginia en 1732 en una familia de granjeros ingleses. En su juventud, Washington dio pruebas de ser un ingenioso estratega y un bravo líder militar durante las batallas iniciales de la Guerra Franco-India. El joven Washington también se vio activamente envuelto en política, trabajando desde 1758 hasta 1774 en la cámara baja de la asamblea de Virginia. Allí introdujo las primeras resoluciones contra el derecho del Parlamento británico a gravar a los colonos.

Como comandate del Ejército Continental durante la Guerra de la Independencia, Washington fue capaz, mediante la fuerza de su carácter y su brillante liderazgo político, de transformar una milicia mal financiada en un ejército competente que, aunque nunca pudo abordar frontalmente al ejército británico, burló y derrotó al poder militar más poderoso del mundo.

Después de ganar la Guerra de la Independencia, Washington desempeñó un papel clave en la formación de la nueva nación. Tuvo un papel decisivo en la creación de la Convención Constitucional, que redactó la Constitución de Estados Unidos y, mediante su participación ampliamente publicitada, dio al documento resultante una credibilidad y una legitimidad que de otra forma le habría faltado.

Washington fue elegido de forma unánime como primer presidente de Estados Unidos. Estableció los precedentes que definen lo que significa ser un ejecutivo constitucional. Fue un presidente firme y enérgico, pero siempre fue consciente de los límites de su cargo: delegó su autoridad cuando lo consideró apropiado pero defendió decididamente sus prerrogativas cuando lo estimó necesario.

Acérrimo defensor de la libertad religiosa, Washington se expresó a menudo a  favor de la misma (consulte su carta a la Congregación Hebrea de Newport). Pensaba que la religión y la moralidad eran las fuentes más importantes del carácter y que eran clave para sustentar la república americana.

Aunque no era un aislacionista, Washington fue cuidadoso a la hora de evitar entablar alianzas con naciones extranjeras que pudieran minar la soberanía nacional de Estados Unidos. Por esa misma razón, Washington tuvo la precaución de asegurarse de que Estados Unidos tenía un ejército fuerte capaz de defender la independencia de tan bisoña nación.

En 1796, tras dirigir el país durante dos mandatos, el gran líder de la revolución que se convirtió en presidente dejó el cargo, el primero en los anales de la historia moderna.

La contribución de Washington a Estados Unidos fue tan grande, que cuando murió en 1799 de manera apacible en su propia cama (algo verdaderamente raro para el líder de una revolución) todos los americanos estuvieron inmediatamente de acuerdo en que fue “El primero en la guerra, primero en la paz y primero en el corazón de sus compatriotas”.

 

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Este artículo pertenece a la serie Principios Fundacionales

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