Nuestro vicio contemporáneo

Hace unos días escuché en la radio el testimonio de un residente de la Florida quien declaraba que luego del paso del huracán Irma no había wifi, no había baños, ni comida. Me pareció curioso que en una situación de desastre, lo primero que puso en la lista de faltantes fue Internet, por encima de la necesidad de defecar y alimentarse.

Considero que Internet y las redes sociales, son nuestro vicio contemporáneo. El Whatsapp es una herramienta fabulosa para estar conectado con parientes, amigos, clientes y colegas de trabajo, pero es una tentación constante a mirar el celular cada minuto, a leer cada mensaje, a responder incesantemente y a toda hora. Por ello es una fuente potencial de pérdida de tiempo, productividad e interacción social. ¿Cuántas veces chateamos nimiedades en vez de jugar con nuestros hijos en vivo y en directo? ¿Cuántas veces miramos el celular en el trabajo para leer cosas que no son ni urgentes ni importantes? ¿A cuentas reuniones sociales uno asiste, donde un grupo de amigos se sientan alrededor de una mesa, y todos terminan mirando sus propios teléfonos? Los celulares permean los almuerzos familiares, los momentos de intimidad, los ratos de juego con los hijos, las horas de trabajo, las reuniones sociales, restando calidad a esos momentos.

Los avances en las comunicaciones son fenomenales y nos permiten ahorrar mucho tiempo, pero si no tenemos autocontrol también nos llevan a desperdiciarlo. Tener autocontrol no es tarea fácil para los adultos, y es casi imposible para los niños. Lamentablemente los padres a menudo preferimos tener a un niño clavado en una pantalla, a tenerlo dañineando y molestándonos y tenemos niños que pasan horas de horas en la inactividad física y una estimulación sensorial que, según los psicólogos, no es beneficiosa para sus cerebros.

Los celulares y las redes sociales han conquistado el mundo, como ninguna droga lo ha hecho. Todos, grandes y pequeños, hombre y mujeres, estamos felizmente enviciados y dependientes de estos aparatos que son más importantes que la propia familia.

 

© Libertad.org