La gran estafa educativa en Chile

En Chile, entre los meses de marzo y diciembre de cada año, más de 3 millones de niños y jóvenes, cuyas edades oscilan entre los 6 y los 18 años, asisten a escuelas, colegios o liceos. Son distintas denominaciones de las numerosas unidades académicas a las que los estudiantes asisten en búsqueda de educación.

Los niños que cursan entre el primer y sexto grado de primaria, en promedio, escuchan a sus docentes más de 1,000 horas al año. Así, Chile se convierte dentro del continente americano, luego de Colombia y Costa Rica, en el tercer país con más horas de clase para sus alumnos, los cuales, tienen una carga horaria superior al 30% que sus pares de la OCDE, lo que es equivalente a tres meses más de clase.

Sin embargo, gran parte de esa inversión se derrocha. No se trata sólo de los recursos económicos, sino también de tiempo desperdiciado de docentes, familias y alumnos – alumnos que escasamente aprenden y, en no pocas ocasiones, no aprenden absolutamente nada.

El informe sobre desarrollo humano del año 2018 realizado por el Banco Mundial, comienza anotando que en Kenya, Tanzanía y Uganda, cuando se pidió a los alumnos de tercer grado de primaria que leyeran una frase sencilla como “El perro se llama Fido”, el 75% de los evaluados no entendió lo que leían. Se trata de una realidad que a primera vista pareciera muy lejana a Chile, sobre todo considerando que se trata de un país con uno de los mejores sistemas escolares de su continente. Pero si observamos más de cerca las estadísticas, nos daremos cuenta que, entre algunas escuelas de Uganda y otras de Chile, no hay mucha diferencia. Por ejemplo, los medios de comunicación chilenos, a comienzos del año 2018, alertaban acerca de la existencia de alumnos, que a pesar de estar cursando el último grado de educación primaria, todavía no sabían leer. Otro antecedente útil es aquel entregado por el mismo Ministerio de Educación de Chile durante el mes de noviembre de 2018, el cual señaló que cerca de 160,000 estudiantes no saben leer bien cuando pasan a segundo grado de primaria, cifra bastante relevante, si consideramos que representa sobre el 60% del total de alumnos que asisten a dicho nivel de enseñanza.

Se trata de una situación que se viene arrastrando desde hace mucho tiempo. En 1998, Chile participó en la Encuesta Internacional de Alfabetización de Adultos (IALS). Los resultados mostraron que casi el 60% de la población entre 16 y 65 años se encontraba en el nivel más básico de lectura, esto es, tenía una comprensión mínima de textos impresos, vale decir, por ejemplo, que a 3 de cada 5 personas les es complejo entender la receta impresa en un tarro de leche en polvo para preparar un biberón. Al parecer, no existe mucha diferencia entre ese 60% de adultos que en el año 1998 no entendían lo que leían y el 60% de niños que actualmente asisten a segundo grado de primaria sin saber leer.

Lo anterior, deja en evidencia que en Chile la escolarización no ha sido garantía de aprendizaje. Asistir a clase, e incluso egresar de la educación secundaria, no implica que se haya aprendido. Muestra de esto son los tradicionales resultados de la prueba estandarizada utilizada por las universidades para determinar quiénes accederán a estudios terciarios. Estos resultados indican que la mitad de los jóvenes que se someten al examen, por ejemplo el de matemáticas, obtienen menos de 500 puntos lo que significa que sólo contestaron acertadamente 22 o 23 preguntas de las 75 que contiene la evaluación.

En este escenario, los esfuerzos del actual gobierno del presidente Sebastián Piñera, de enfocarse en lo que sucede al interior de las salas de clases, a través del programa Todos al Aula o del plan de lectura Leo Primero, se advierten de manera muy apropiada. Se trata de iniciativas destinadas a elevar los estándares de enseñanza, con el propósito de que todos los niños aprendan un mínimo que les garantice continuar avanzando en su aprendizaje. No obstante, el trabajo que las autoridades chilenas realizan es insuficiente. Chile posee un sistema escolar que opera bajo el supuesto de que todos los niños aprenden de la misma forma y a igual velocidad, cosa que es sabidamente errónea. El derrotero a seguir es aquel que les permita a las unidades académicas diferenciar el currículum escolar de acuerdo a las capacidades, necesidades y aspiraciones de cada alumno y familia. De no hacerlo, los trece años de escolarización obligatoria existente en el país, para muchos niños, jóvenes y adolescentes sólo serán años de juegos, cuyo resultado para unos pocos se traducirá en laureles y futuros brillantes, mientras que para muchos únicamente habrá decepciones y futuros fracasados.

 

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